Vasyl Lomachenko venció a Guillermo Rigondeaux y retuvo su corona Superpluma de la OMB en una pelea que duró seis asaltos, que dejó en claro su enorme superioridad sobre el rival y que, además, puso en entredicho los verdaderos limites en la calidad del cubano, quien, definitivamente, se quedó sin futuro en el boxeo de alta competencia.

El ucraniano concedió apenas un asalto, el primero, y luego hizo los ajustes, leyó correctamente el plan que traía su oponente para dominar los cinco rounds restantes con comodidad y una autoridad que excedió todos los pronósticos.

Ni en los peores vaticinios sobre el posible desempeño de Rigondeaux se esperaba una actuación tan pobre y timorata. En resumen, nadie esperó ese tamaño de fracaso.

Dominio total de Lomachenko
No ocurrió nada que no hubiéramos vaticinado. El desarrollo del combate fue una calca de lo que se presumía. No inventamos la pólvora, se enfrentaban dos rivales de boxeo previsible, de estilos altamente tácticos y poco amigos de la improvisación. O sea, sería más de lo mismo.

La expectativa – en realidad—estaba en todo lo que se habló antes, especialmente del lado de Rigondeaux. Nos vendieron una realidad que el trámite de la pelea demostró que fue una exageración. El cubano no tuvo un mínimo de boxeo para contrarrestar la superioridad insultante del rival.

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