LA ENTREVISTA | Josué Orellana, el defensor ad honorem de la enfermería

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Orellana
El presidente de la ANEEAH apartó un espacio de sus innumerables quehaceres para conversar con TIEMPO. Es presidente de la asociación de enfermería, pero, ¿sabía que tiene otra profesión?

HONDURAS. Sólo ocho añitos… rodeado de lo más rústico y en medio de una escena de pobreza. ¿Juguetes? ¡Qué va! Tiempo para andar «correteando» es lo que menos había.

Además, a lo que nos remontamos es a la década de los ochentas en el occidente del país. De manera precisa, al pequeño municipio de Concepción Sur, Santa Bárbara. Nada de energía eléctrica y la televisión mucho menos. La necesidad imperaba.

Josué Jeremías Orellana Muñoz se encontró aquel panorama siendo sólo un «chiquillo». Entonces, bajo la guía de su padre, José Serapio, se enfundó en un rol de cooperación para su familia. Ni una década de existencia y sí, ya trabajaba.

¿Qué tipo de labores? La carencia de tecnificación dejaba un único rumbo: adentrarse en las posibilidades agrícolas. Desde entonces, no paró de trabajar; y, aunque sí dejó el estudio por un par de años, ahora tiene un vasto currículum académico que continuará ampliando.

Hoy en día se le conoce como el presidente de la Asociación de Enfermeros y Enfermeras Auxiliares de Honduras (ANEEAH). Sin embargo, hay mucho más allá que contar en sus 40 años de vida; ah, sí, nació el 20 de julio de 1980.

Pero, ¿para qué hablar de fechas? Él pasa tan ocupado que ni siente cuando pasan. ¿Cómo es su vida? ¿Qué le apasiona? Pese a su apretadísima agenda -que él mismo dice que es muy cambiante- se colocó a disposición para conversar «a cualquier hora» en exclusiva con Diario TIEMPO Digital.

¡Qué amabilidad! Intentando tomar esa cortesía como ejemplo, lo invitamos muy cordialmente a usted para que conozca más sobre él. Tal vez ya le dijimos mucho: es alguien trabajador desde pequeño que ahora es enfermero y también dirigente. No obstante, alto ahí. Su obra de vida es más extensa y continúa escribiéndose…

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Infancia: «¡En cintura!»

Victorina Muñoz le dio a luz. Desde aquellos primeros años, Josué Orellana se crió en un hogar con tintes religiosos. Su papá era un pastor, muy dedicado a las actividades eclesiásticas y predicaba con frecuencia.

Por supuesto que su progenitor tenía todas las aptitudes de su quehacer. El entrevistado lo describe como un señor honorable y reconocido por su alto nivel moral y espiritual. Igualmente, asegura que esa misma descripción tienen sobre él todos los lugareños de su pueblo.

Esa influencia paternal marcó la dirección de la infancia de Orellana. «Fue una etapa muy bonita y edificadora; con principios y valores enseñados a cabalidad. No sólo en teoría, sino que demostrados en la práctica por mi papá que goza del cariño y respeto de la gente», detalló.

En virtud de ello, no había espacio para travesuras. Además, cabe hacer hincapié en que no tenía siquiera tiempo para «desviarse» en su andar. Su papá es un técnico en agricultura orgánica, y eso ciñó su período de infancia.

«Trabajamos con él en la tierra; en las siembras de hortalizas, maíz y frijoles. A eso nos dedicábamos; desde mis ocho años ya andaba con él en eso», recordó Orellana.

Lunes a viernes la situación era así. Pero, en el fin de semana le daba un descanso a su mente en algo que siempre le encantó: el fútbol. Era lo único que lo distraía entre las responsabilidades que tenía a su corta edad.

«La niñez mía no fue la común, sino que una separada de todos esos temas (juegos y demás)», admitió Orellana.

Comienza «la academia»

Mientras tanto también iba a un centro educativo local. Mas, entre los 12 y 13 años, justo diciéndola ‘hola’ a la adolescencia, dejó sus estudios. Decidió, por su propia cuenta, que quería dedicarse completamente a apoyar a su padre en el campo; eso terminó siendo efímero.

«Al final entendí que así (dedicándose nada más al trabajo en el agro) no iba a poder lograr algunos objetivos futuros. Entonces me animó mi papá a estudiar y terminé la educación básica a los 17», contó.

En aquel momento, dado que su familia era bastante pobre económicamente, le fue imposible optar por una carrera universitaria. Empero, en 1999, se mostró firme en sus ideales y se marchó a San Pedro Sula; allá se agenció otro logro educativo: se graduó de enfermero.