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lunes, mayo 27, 2024

Hay Una Esperanza

Debes leer

Emma de Sosa

En estos días que han transcurrido recientemente, me he visto rodeada de situaciones que me han llevado a una profunda enseñanza, la cual quiero compartir con mis queridos lectores.

En la Imprenta que el Señor nos ha provisto en nuestra ciudad, necesitábamos imprimir unos sobres, pero aunque la impresora tenía los colores correctos, una vez impresos, la tinta se pegaba y se hacía como una plasta.  Solicitamos a un técnico que la revisara; quien nos informó que la causa del problema de impresión era que debido a que los tonners no eran originales, sino genéricos, estos estaban derramando tinta en exceso.  La recomendación fue comprar tonners originales.
Entonces, mientras esto se resolvía, nos trasladamos a Promuna, la editorial e impresora que manejamos en el Ministerio.

Intentamos imprimir los sobres en una de las impresoras a color. Resulta que después de instalarle el programa operativo y calibrarla, esta no podía imprimir correctamente el logo deseado.  Después de que otro técnico examinara esta otra máquina, nos dio el diagnóstico, resulta que la razón de no imprimir el logo, era porque el color del mismo, usaba en su mayoría tonner color magenta; entonces el técnico se percató de que el tonner de ese color, era el único que no era original sino genérico, razón por la cual degeneraba el color.

Procedimos a buscar los tonners originales, uno lo encontramos y los otros no, pero lo que sí encontramos fue una gran enseñanza, además de que confirmamos que muchas veces lo barato sale caro.  Va a ser necesario botar los cartuchos, pero además de todo, perderemos tiempo esperando encontrar los originales.
El mejor aprendizaje fue que aunque parezca más caro, debemos preferir siempre lo original.  A Dios le gusta la originalidad y la promueve; el único imitador y falsificador es el diablo.

Aún en nuestras propias vidas, es sumamente importante mantener la sencillez y originalidad, aunque cueste trabajo.  Muchas veces es más fácil hacer lo que todos los demás hacen, volviéndonos uno en el montón; en vez de usar la creatividad para mantenernos únicos.
Cada quien tiene su forma peculiar de caminar, de mover las manos, de hablar y de todo.  Cuando tratamos de imitar a alguien a quien admiramos, perdemos el valor de la originalidad.

Hay poses, actitudes, apariencias y demás que nos apartan de nuestra verdadera identidad.  Por ejemplo, vestirnos de una manera específica, que nos resulta incómoda, solamente por agradar una cierta exigencia social, nos hace perder identidad y personalidad.  Hay personas que adoptan costumbres y modas dependiendo del lugar donde estén o las personas con quienes compartan; de tal manera que dejan de ser ellas mismas.

A pesar de todo, en Cristo Jesús Hay Una Esperanza, de volver a la identidad y a la originalidad. Nuestro Señor Jesús fue único, tenía una identidad y personalidad tal que era reconocido aún desde lejos, antes de entrar a una ciudad.  A Él nunca le importó lo que pensaran de Él, ni le interesó agradar a hombre alguno, pues conocía muy bien Su llamado y Su destino, agradar al Padre.

Queridos lectores, mi deseo es que en la medida que hayan ido leyendo esta columna, también hayan ido experimentando el gran deseo de ser totalmente genuinos, el anhelo de despojarse de toda actitud o acción que no es parte de su personalidad.

Esto tiene que ver con usar muletillas, o cosméticos, o bien extensiones en el cabello, pestañas postizas, botox en la cara y otros más.  Nuestro Dios es Poderoso para establecernos en Ël, ayudándonos a prescindir de todo para presentarnos ante Él a cara descubierta,

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