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sábado, mayo 21, 2022

Lecciones desde Guatemala

Debes leer

Héctor A. Martínez
(Sociólogo)

La derecha política en Latinoamérica tiene un gran problema: sus políticos son de bajo alcance intelectual, provienen por lo general de estratos bajos y cuando llegan al poder se enceguecen y creen que el mundo les pertenece.

Las repercusiones de esta idiosincrasia desembocan en una arraigada y centenaria cultura, en la que los políticos de los partidos llamados inexactamente conservadores, y los de centro –esa turbia mescolanza de idearios-, suponen que el plazo en el poder sirve, precisamente, para enriquecerse. La izquierda funciona de manera diferente pero no menos inmoral, pero ese es otro cuento. Y la estrategia de éstos, es más efectiva que la utilizada por los insípidos políticos de derecha y demócratas cristianos.

Y Otto Pérez me recuerda a esta estirpe tradicional de políticos. Sin embargo, hay cosas que se deben tomar en cuenta en estos momentos, tanto en Guatemala, como en el caso de Honduras. En principio, la corrupción es un “continuum” ilegal e inmoral, de carácter profunda y sólidamente radical en América Latina, es decir, es una institución que se remonta hasta la Colonia y que persiste y persistirá por toda una eternidad. Esta visión pesimista, sin embargo, tiene sus razones ahora que las crisis han explotado. Primero, existen fuerzas descomunales de origen izquierdista, ensambladas en el ámbito local e internacional que gestan una campaña de desprestigio contra los gobiernos de tendencia derechista.

Las razones se remontan a los fracasos del pasado revolucionario. Esta es, precisamente, la segunda intentona desde que Chávez ambicionó hacer lo que los izquierdistas de antaño no pudieron urdir.  Las categorías de “la lucha” ya no son más la oligarquía ni el imperialismo, sino otra, de carácter moral e inteligentemente descubierta: la corrupción, contra la cual, nadie guarda cuestionamiento alguno. El problema de la corrupción es el de cualquier tema de interés colectivo: se prostituye al politizarse. Y eso es lo que ha sucedido en el caso de Honduras y Guatemala, donde los partidos de izquierda se han apropiado del proyecto destructivo, en tanto bandera de lucha revolucionaria.

Segundo, esas fuerzas no se acrecentarían sino contasen con un mínimo de aprobación –o indiferencia, que es lo mismo- por parte de un sector político de los EEUU de gran influencia en el Congreso. Pero también de Europa, donde la lucha izquierdista es vista como un “circuit exotique” a la manera de un ecoturismo donde se la puede pasar bien el viajero ideológico.

De manera que la ofensiva anticorrupción ha resultado tremendamente sobredimensionada, pero debemos advertir, en su contra, que la embestida se va al pulso contra la red de poder de los gobiernos de derecha y las alianzas con las que éstos cuentan dentro y fuera del país en crisis. Una vez que estas alianzas se rompen o quitan la base de apoyo a los gobiernos, la caída, sea el tono que tenga, es cuestión de días. Eso parece acontecer en Guatemala, donde la misma empresa privada, curándose en salud, le ha quitado el soporte a Otto Pérez. Y esto es un acto de cinismo, porque muchos empresarios en América Latina, se han servido de esta corrupción a través de exenciones, negocios, amnistías, dispensas, etc.

Ya no se sabe quién es el soberano: la democracia ha caído en una crisis de tales dimensiones, que las fuerzas que, analfabéticamente, los políticos de izquierda denominan “el pueblo”, han inundado, como un virus, las entrañas del poder político, anulando sus posibilidades de autoridad e imponiendo la voluntad que otros, extraños -y enemigos- a ese poder ya han delineado con anticipación estratégica.

Y quizás la derecha latinoamericana aprenda de las crisis que nunca imaginaron llegarían, para enmendar sus errores y repasar los idearios que alguna vez tuvieron los partidos liberales y los nacionalistas conservadores. Esa es la gran lección que Guatemala nos está dando.

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