La Rectora en su laberinto

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Al final del día, la Rectora tuvo que haber sido más perspicaz y flexible, más incluyente y selectiva. No debió burlarse de y denostar a sus contrarios.  Jamás  debió judicializar en otro ámbito dudoso… un conflicto interno entre amplios sectores universitarios, del cual los activistas solo son concreciones y victimas. Nunca Julieta debió introducir al aula, las armas, mucho menos haber desenfundado las pistolas de una policía y los fusiles una milicia que ella –mejor que nadie– sabe que no son confiables… en un foro que lo prohibía y de cuya integridad estaba responsabilizada.

No es la primera violencia. Héctor Martínez Motiño pudo haberse equivocado o incurrido en una falla pero debería estar vivo. Está muerto como el respeto a los derechos que defendía y muerta la decencia y todo lo que se hizo en bien esta perdido. Como perdida esta la gestión de Castellanos.

Antes, puesto que no había podido resolver  la contradicción (nadie es omnipotente) y para asegurar su legado, la Rectora  debió dimitir y facilitar así la transición a un entendimiento entre contrarios, incluyendo a sus propios partidarios que –sin ella– pudieron ser, todavía ayer, elementos de continuidad en el proceso. (Malo que entre nosotros se interpreta la renuncia como claudicación y no como conciencia de la obligación de ayudar a sortear un impasse.)

Renunciar era lo civilizado. La hubiera ubicado por encima de si misma. Como ejemplo de integridad política y de responsabilidad personal, de democracia y respeto. Habría sido el toque final de su compromiso con  la UNAH, la prueba definitiva de su argumento. Nada perdía entonces. Ni siquiera su seguridad personal. Y en cambio se habría granjeado un lugar en la historia institucional y aun la nacional. También es cuestión de imagen. Al ceder a, e invitar la represión violenta la Rectora fracasó en su propio reto político,  se quemó y chamuscó a sus más cercanos colaboradores. Hoy lleva la razón nublada y pólvora en las manos. E inaugura un retroceso. Nadie