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jueves, septiembre 29, 2022

Opinión de Héctor A. Martínez: Alianza Opositora: ¿desgaste prematuro?

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Héctor A. Martínez, sociólogo

Por: Héctor A. Martínez (Sociólogo). -La Alianza Opositora en Honduras que ha enarbolado la bandera del “Alto a la dictadura” se ha desgastado más temprano que tarde, y no es para menos: los chicos del club al que se han enfrentado lleva todas las de ganar. Por varias razones: el “team” en mención ha sido el más ordenado; el más disciplinado, posee los mejores recursos, y ha seguido su estrategia al pie de la letra, sin salirse de los indicadores clave de gestión.

Además de que hay demasiado negocio de por medio; gente que no imagina el ciudadano promedio, ha invertido buena parte de su tesoro personal para obtener la rentabilidad soñada, en tanto que, del otro lado, en el de los perdedores, ha llegado el momento de poner los pies sobre la tierra.

Aquella emotiva lucha antifraude, que entusiasmó a miles de inocentes no dio los frutos esperados, así que, habrá que esperar, vaya usted a saber, cuántos años –sino décadas-, para revivir las esperanzas de los que aún guardan la esperanza de que un día de estos, los políticos van a enmendar sus errores, y a poner sus torcidos caminos en las manos de Dios, Nuestro Señor.

Y de ese “fraude antifraude” ha salido –sin saber uno los pormenores-, el fruto de las montoneras: la invitación del poder al diálogo, tan cacaraqueado hasta la saciedad por cualquier idiota, ha rendido buena cosecha.

Mientras la Alianza bufaba con tomarse las calles y desestabilizar al régimen de acero inoxidable, en los claustros del poder se cocinaban los acuerdos sobre cuáles puestos institucionales de menor categoría se podrían conseguir a bajo precio, y quiénes serían los afortunados en ser llamados para “servir” a la patria.

De todo ello, y como si se tratara de una novela de vidas paralelas, mientras los partidos perdedores se entregan a la lucha encarnizada por los restos de la comilona después de la fiesta grande, la ciudadanía se lía a trompicones con un monstruo que jamás, ningún partido de los que hasta ahora conforman la liga hondureña, podrá vencer: el de la miseria. Mientras un 62 por ciento de la población vive por debajo del nivel de pobreza -según estériles estudios del Banco Mundial-, en el área rural 6 de cada 10 personas vive con menos de 2 dólares al día. Buen material para sustituir la parábola del pobre Lázaro y el rico epulón. Y ello se constata cada mañana, en cada visita a las comunidades, en cada lamento de familiares y amigos, en fin: la evidencia de la crisis hondureña se palpa cuando entramos en el calor de los hogares y en los testimonios vivenciales de la gente.

Honduras tiene un sistema político que ha fracasado desde hace más de treinta años. Solo la esperanza cristiana que nos acompaña, como parte de nuestros símbolos jungianos, nos mantiene en vilo, mientras llegan nuevas cohortes generacionales para que se agarren a trompicones con las fuerzas del orden, o para que cambien las cosas a punta de llantas quemadas. Porque, a decir verdad, a los adultos, ya no nos quedan arrestos para seguir en la brega, ni en las tribunas, ni en las calles.

Lo que resta de la historia, es claramente adivinable: vendrán unos años apocalípticos, eso sí, porque ese romanticismo oficialista que nos habla de que “lo bueno debe continuar” desfigura la realidad, aunque jamás suprimirá la consciencia social de la que tanto hablaban los marxistas. Como producto de la miseria social, las protestas contrasistema seguirán su curso natural ante lo descarnado de la pobreza y el bajo nivel calidad de vida de la población hondureña.

Tendrán que venir fuerzas renovadas, muy diferentes a las que nos han ofrecido los políticos tradicionales y los novatos en estas lides. El que la Alianza Opositora se haya hecho a un lado por desgaste prematuro, no es más que la parte inicial de un largo proceso que acabará en una explosión social dentro de un par de años. El Estado -como golosina predilecta de los ambiciosos-,  no soportará el crecimiento demográfico, la debilitada economía interna y el limitado acceso a los recursos. Pero, para los políticos conservadores, éstas no son más que profecías de carpas evangélicas que se pueden contrarrestar con los malabares jurídicos de siempre. Para eso es el poder.

 

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