espejos negros, black mirror
Por Darío Cálix, escritor hondureño.

Al despertar, el típico hombre moderno extiende un brazo hacia la mesita de noche en la que deja cargando su teléfono celular. El celular es –inequívocamente- un Smartphone.

Tal vez él o ella no recapacite nunca en el siguiente detalle: justo antes de presionar la tecla que ha de despertar a su celular, por un efímero instante, aparece su reflejo en la pantalla apagada.

Un reflejo a medias, todo borroso y extraño. Aparece ahí una figura casi irreconocible, poco más que un mero contorno, una especie de sombra.

Detengamos la escena en ese preciso momento y echemos un vistazo en la habitación de esta persona moderna.

Mientras se ve –sin verse- en la pantalla de su celular, una pantalla apagada de televisor de no menos de 40 pulgadas muestra su reflejo al mismo tiempo.

Fast Forward: el hombre se baña, se cambia, desayuna, conduce hacia la oficina, se sienta en su escritorio frente a una computadora.

De nuevo, la pantalla apagada de la computadora emite –por así decirlo- su reflejo.

Vivimos rodeados de espejos negros: los dispositivos de comunicación y entretenimiento a los cuales somos adictos.

Dispositivos que, de manera sarcástica y retorcida, cuando están apagados o en stand by  y nos ponemos frente a ellos nos muestran como lo que estamos a punto de convertirnos al utilizarlos: una mentira, una versión distorsionada de nosotros mismos en la que apenas y se puede distinguir uno que otro rasgo verdadero.


A propósito del reciente anuncio del lanzamiento de la nueva temporada de Black Mirror, una serie de televisión inglesa que trata diversos temas del mundo moderno, como la hiperconectividad y las redes sociales.