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viernes, mayo 20, 2022

¡ESCUCHA, PEQUEÑO HOMBRECITO!

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Víctor Meza

Nada personal. Es el título de un célebre alegato, un libro en verdad, escrito en 1945 por el atormentado siquiatra vienés Wilhelm Reich para resaltar las pequeñas pasiones humanas, la minucia y el desamor, la insolidaridad y los vicios que se anidan en nosotros y, con incómoda frecuencia, salen a flote y dictan nuestra conducta y comportamiento cotidianos. Es una apuesta, también, a favor de la libertad del hombre, fuente clave para resaltar las virtudes y grandezas del ser humano.

El hombre, para realizarse como tal, debe ser libre. La vida de Reich es, por sí sola, un capítulo impresionante de la historia de las ideas en una época – el periodo de entreguerras y el ascenso del nazismo en Europa – cargada de tensiones sociales, intensos debates políticos, grandes controversias filosóficas y realineamientos políticos e ideológicos de gran magnitud. Era el momento del gran dilema histórico entre la civilización y la barbarie. Reich fue uno de los protagonistas clave de esta debacle cultural. Fue entonces cuando el notable siquiatra, antiguo discípulo de Sigmund Freud, que buscó en vano la síntesis entre el marxismo y el psicoanálisis, escribió el texto que tituló con esas palabras, las mismas que, curiosamente, tienen una resonancia singular en la situación actual que vive nuestro país.

El poder actúa como si fuera una droga, dicen los que lo conocen por dentro. Se convierte en una obsesión, un vicio casi, una peligrosa y enfermiza adicción. Quien lo detenta, sobre todo si no está culturalmente preparado para ello, suele sucumbir a sus mágicos encantos, acaba subordinando su voluntad y deseos ante los caprichos infinitos que se anidan, silenciosos y pacientes, en los entresijos y vericuetos del poder. El poderoso termina creyendo que él, y solo él, personifica el poder entero, la majestad del Estado (¡El Estado soy yo!), su fuerza y poderío.

Y si eso es así, es fácil, muy fácil, que el poderoso empiece a creer que en él, y solo en él, se personifican las virtudes plenas del ser humano. Se siente casi divino, elegido, escogido, iluminado. Él es el hombre. Y si alguna vez lo duda, sus allegados, los lambiscones que le rodean, se encargan de recordárselo. Se refieren a él con una veneración semántica indudable: “El hombre”, dicen, abusando de la noción genérica, para referirse al gobernante. Así llamaban al General Anastasio Somoza en Nicaragua, de la misma forma que lo hacían con el también General Fulgencio Batista en Cuba. En Honduras fueron más allá y al también General (¡cómo abundan estos Generales!) Tiburcio Carías le añadían el superlativo y le apodaban “el hombrón”.

Es posible que haya una cierta vocación feminoide en esta tendencia de los aduladores áulicos a privilegiar las hormonas masculinas en la valoración del mandamás de turno. Es probable, aunque ello no suponga ninguna discriminación de género, por supuesto.

Nuca olvidaré la noche aquella, en medio de una de las prolongadas sesiones de torturas en la cárcel somocista en Nicaragua – era agosto de 1970 – cuando uno de los verdugos, el que llevaba la voz cantante, me decía y repetía: “Estás acabado, aquí solo te puede salvar la voluntad del hombre”, haciendo alusión, por supuesto, al dictador Somoza, en cuyas manos estaban la vida e integridad física de todos los que tuvimos la mala suerte de caer en las garras de sus cuerpos represivos.

El hombre, así les llaman, olvidando que, al decir de Wilhelm Reich, también hay quienes apenas merecen el calificativo de “hombrecitos”. Juego de palabras, trampas del idioma. Nada más. Nada personal, lo aseguro.

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