En ese momento fue inevitable pensar que la chapofilia, esa admiración ciega e indolente por el narcotraficante. La cual se profesa desde las calles de los barrios latinos de Chicago hasta Tepito en Ciudad México.

Ahora tiene más motivos para hinchar la leyenda: un campesino con tercero de primaria paraliza varias avenidas de Nueva York.

A donde llega con el mote del narcotraficante más poderoso del mundo, escoltado por una veintena de patrullas de la policía y organismos federales.

Cuyas imágenes compiten en ratings de televisión con los preparativos de la ceremonia de posesión del presidente de Estados Unidos que más desprecia a México.

Chapo Guzmán

Un campesino que le abrió agujeros inmensos a la frontera más resguardada del mundo para pasar drogas con las que ayuda a su pueblo.

Le pone la cara a la justicia y comparte prisión con el último capo de la mafia italiana en Nueva York, John Gotti.

Es inevitable. Pero el magistrado Orenstei, en una intervención inesperada. Parece que lo entendió y cuando se suponía que el tema principal eran los cargos por narcotráfico.

Recordó que la acusación tenía señalamientos muy graves relacionados con la violencia del detenido y su organización.

Por ello le preguntó al fiscal si el gobierno había contactado a los familiares de las víctimas citadas en la acusación. La fiscal improvisó una respuesta diciendo que no han sido localizadas pero que trabajan en el tema.

Quizás el juez estaba pensando en un episodio macabro de la acusación que describe la existencia de una casa de seguridad.

Lugar en la que hombres al mando de ‘El Chapo’, forraron las paredes con plástico para que la sangre de sus víctimas drenara sin mancharlas.

El Chapo en Estados Unidos

«¿Se declara el señor Guzmán culpable o inocente de los cargos?», preguntó Orenstei «No culpable». Respondió otro abogado de la defensa, minutos antes de que el grupo de alguaciles escoltaran al acusado.