LA ENTREVISTA: Saidy, rostro de #NoMás, una víctima y un mensaje de abuso sexual en niñas

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#NoMás
Contra luz de Saidy, quien proporcionó la fotografía.

CORTÉS, HONDURAS. Saidy, la joven de 18 años que fue uno de los rostros de la viral
campaña #NoMás, víctima de abuso sexual a los cuatro años y a los 14, ha logrado con este movimiento sacar a la luz la pesadilla que muchas niñas en Honduras viven y han vivido.

La adolescente -de pelo rizado y personalidad rebelde- pertenece a la Red de
Mujeres Jóvenes Feministas, donde afirma que ha tenido un ambiente de confianza que le ha ayudado a desenvolverse: la fortaleza se manifiesta y las lágrimas ya no aparecen al contar su historia.

De allí la libertad de unirse a una campaña que ha sido considerada positiva por
muchos sectores, aunque no han faltado detractores que la cuestionaron desde
una perspectiva machista. Ella figuró con el impactante mensaje: «Yo no quería ser violada».

Rompiendo la inocencia

Jugar entre los cuartos y pasillos de la casa de su tía con su prima de cinco años, con quien tenía una alianza bien marcada a su edad, se había convertido en un pasatiempo para Saydi.

Con tan solo cuatro años, su vida se desarrollaba entre su familia: padres, tres hermanos, primos y tíos: cuenta.

Pero un día en el calendario de 2005, inició una historia de vejámenes hacia dos
niñas, dos menores que sólo sabían correr, reírse y disfrutar de la vida infantil,
relata.

Ese día, como era costumbre, llegaron los amigos de los primos mayores de Saydi. Eran adolescentes no mayores de 15 o 16 años, pero con la mentalidad destructiva hacia dos niñas a las que en esa oportunidad hicieron sus víctimas.

“A mí me cuidaba una tía y a mí me gustaba mucho ir donde ella, pero a partir de
su cáncer ya no nos ponía la misma atención. Allí tres amigos de mis primos lo
hicieron”, recuerda.

Sin embargo, las acciones de los “gigantes”, ante la mirada de miedo y confusión
de dos niñas, no terminaron esa vez: las aberraciones tardaron tres años en
acabarse basándose en las amenazas.

“Yo quería estar cerca de mi prima, y cuando ellos llegaban trataba de huirles,
pero ellos nos acorralaban y nos amenazaban con golpearnos y matarnos», enfatiza Saidy, tras afirmar que decidió quedarse en silencio, un silencio que se convirtió en
su aliado y su enemigo hasta la adolescencia.

Al final de los dos años siguientes, dos de los violadores cesaron sus acciones
instintivamente peligrosas, y uno lo siguió haciendo un año más. Ella estaba
cerca de sus ocho años.

Durante ese tiempo, las visitas a su tía eran ocasionalmente un infierno, hasta que
la señora falleció de cáncer sin enterarse nunca de lo que los amigos de sus hijos
hicieron y a quienes consideraba “personas de confianza”. Más adelante sus
primos -sin percatarse también- se fueron del país.

“Yo siempre fui consciente de que lo que estaban haciendo no era bueno. Mi
mamá me explicaba como niña sobre la sexualidad, pero por mi prima decidí no
hablar. Sentíamos que no nos iban a escuchar”, explica.

Según el informe del Foro de Mujeres por la Vida, durante dos años, 2016-2017, ingresaron 4,608 denuncias por el delito de violación a mujeres y niñas, a nivel nacional, representando el 51.7% de los diversos delitos sexuales que suman en total, 8,906 casos distribuidos de la siguiente forma: actos de lujuria (1,963), hostigamiento sexual (345), incesto (41), pornografía (57), proxenetismo (60), abuso sexual (50), estupro (1,108), explotación sexual (18), tentativa de violación y violación especial (656).

Entre la superación y el infierno

A los ocho años, las actividades de la escuela y la familia la mantenían ocupada.
Un año más tarde de haber terminado la secuencia de abusos, sus padres se
separaron. Prácticamente a ella le toco parte de la crianza de sus dos hermanos
menores.

Sin embargo, había expresiones y síntomas en aquella niña que no eran acorde a
su edad; la autoflagelación emocional desató brotes de rebeldía y tristeza, por lo
que tuvo asistencia psicológica, pero increíblemente nunca tocó el tema de la
violación.  El estigma y el silencio, arraigados en una nación conservadora y muy
religiosa, no son aliados para las víctimas de violencia sexual. Tal cual evoluciona
el testimonio de nuestra entrevistada.

Antes de los 14 años, ya había mejorado; el único apoyo que tuvo fue su
hermano, un niño que apenas comprendía lo que sucedía, pero que servía como
buen escucha para su hermana, quien durante todos esos años se reprimió tanto
dolor.