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viernes, mayo 17, 2024

Reflexión aduanera

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A lo largo del primer semestre de este año los medios de comunicación de nuestro país y de Guatemala han dispuesto parte de sus mejores espacios para informar sobre las negociaciones de la Unión Aduanera entre ambos Estados, por el momento demoradas.

Los vientos de la sublevación indignada en los dos países ha aplacado, al parecer, el ímpetu de esa negociación aduanera, que se ha presentado como un instrumento de desarrollo compartido, naturalmente desde de óptica de los mercados propia del entramado neoliberal.

También, esas tratativas –para uso propagandístico sobre la “integración” del Triángulo del Norte regional, de cuyo entusiasmo no parece disfrutar El Salvador— resucitaron tal asunto para impresionar al congreso estadounidense en procuración del “billón de Obama” (1,000 millones de dólares) para el financiamiento del Plan Alianza para la Prosperidad, todavía en veremos.

De igual manera, los movimientos de Indignación en Guatemala y Honduras, con la diferencia lógica de las realidades de cada país, han cambiado la materia y el propósito de esa “integración” por el surgimiento de nuevos actores –mejor dicho nuevos sujetos sociales—que se perfilan en función, no del poder mercantil, sino de lo que ahora se conoce como “biopoder”.

O sea una integración que trasciende la lógica de los mercados, el tótem economicista, para alcanzar la combinación de todos los aspectos de la vida colectiva, en sociedad, es decir políticos, económicos, sociales y culturales. La movilización indignada, por lo tanto, se desarrolla y se asienta en esa naciente creación “biopolítica”, algo que, hasta ahora, no percibimos con suficiente nitidez.

Filosofías y anticipaciones aparte, el tema de la Unión Aduanera Centroamericana ha venido aireándose de tarde en tarde, en las dos últimas décadas, más como aspiración y muletilla publicitaria, pues la asimetría económica, comercial, así como las prácticas administrativas han impedido las soluciones efectivamente integradoras, aún en materia puramente económica y fiscal.

De allí que, independientemente de los designios gubernamentales en juego, tenga sentido la sugerencia del sector azucarero de suspender las negociaciones de la Unión Aduanera Guatemala-Honduras hasta que se “normalice” la crisis política y social guatemalteca. Y también la crisis política y social hondureña, añadimos nosotros. Claro está, Honduras, tal como está planteada dicha “unión”, lleva todas las de perder.

Y esto es así, precisamente, porque la Unión Aduanera habrá de abordarse en el ámbito centroamericano, regional, sobre las realidades emergentes relacionadas, insistimos, con la “biopolítica” y el “biopoder” que irá desprendiéndose de los procesos de Indignación política y social, Dios mediante.

 

 

 

 

 

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