Opinión de Larissa Barahona: Carta al mar… de corruptos

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Larissa Barahona, abogada.
Larissa Barahona, abogada.

Cuando nuestros hijos cometen acciones ilegales, injusticias y hechos que nos avergüenzan, también nos hacen sufrir. Casi siempre somos las madres quienes más sufrimos (¡qué madre no quiere a su hijo!, claro hay sus excepciones porque somos seres imperfectos en una lucha constante entre el bien y el mal).

Esto me lleva a pensar, ¿qué persona a quien le hemos dado nuestro amor o hemos enseñado y formado para ser una persona de bien puede convertirse en un engendro del mal? Pienso, por ejemplo, en el caso de Juan Antonio, que fue formado en un hogar lleno de amor; cuando lo conocí en las aulas de la facultad de Derecho en la UNAH, era un chico que no pasaba inadvertido por sus chocoyos y su linda sonrisa, pero además muy ameno, conversador y como decimos en el argot popular “buena onda”.

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Así pasaron los años y con Juan Antonio coincidimos en el mismo lugar de trabajo, compartimos almuerzos y conversaciones, hasta que me llevé la gran sorpresa de que era considerado un capo del narcotráfico. Lo único que mi mente repetía era «no lo puedo creer ¡y desde ese año!… si no parecía…». Estaba en shock y pensar que unas semanas antes de su detención nos saludamos en Marjaba Café.

Así, también conozco chicos que vienen de un infierno familiar y destacan. Sabemos que no todos tenemos las mismas oportunidades y en lo que nos convertimos deriva de una serie de elementos psicológicos, emocionales y conductuales, así como nuestro entorno, que se conjugan para el desarrollo de una persona y definen su carácter, personalidad y temperamento.

Como ciudadana me uno al clamor de todo un pueblo que exige justicia, quiero que cada funcionario corrupto de mi país pague una condena, a veces quisiera el modelo de Singapur para que no quede títere sin cabeza, y como la aplicación de la ley en Honduras es selectiva, el pueblo alberga la esperanza que al tener una condena ejemplar para Juan Antonio en el extranjero, les retribuirá a muchos hondureños que fueron perseguidos a causa de la justicia, los que murieron por un sistema de salud colapsado, a los que huyeron en caravana y los mártires luchando por una lejana justicia y libertad.

Pero sin duda alguna, y esto lo digo con mucho pesar, la sentencia no cambiará la sociedad que hoy tenemos, la deuda social, el acrecentamiento de la desigualdad social y por ende una descomposición social producto de la invisibilidad de la justicia.

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Leo todas las cartas enviadas al juez, a doña Elvira y las diferentes opiniones, sentimientos y valoraciones encontradas, por un lado nuestro pueblo que agoniza, nuestro clamor, llanto y sed de justicia pareciera que es lo único que nos queda. Por otro, el clamor de una madre que en sus oraciones llora y pide perdón al padre de milagros, pide perdón diciendo constantemente ¿en qué he fallado? Y pide clemencia para su hijo que ante sus ojos siempre será su pequeño.

Doña Elvira tiene derecho a pedir clemencia, a orar por sus hijos, es lo que hacemos las madres, por eso no la juzgo, pero creo firmemente que nuestras oraciones solo surten efecto cuando pedimos perdón por nuestras faltas, y creo que también se debe pedir perdón al pueblo hondureño.

A las familias que han mantenido el control y el poder les digo: En sus manos está transformar el odio que han generado por las injusticas y sus engaños. Y a las autoridades les digo: transformen nuestro territorio nacional y que se cumpla ese precepto constitucional donde el fin supremo de la sociedad es la persona humana.

Hoy es un grupo familiar y político que vive momentos de angustia, precisamente por sus decisiones y por anteponer intereses personales; recuerden que incluso Hernán Cortés lloró bajó el árbol en la noche triste. Ustedes están a tiempo.


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