Opinión de Héctor A. Martínez: Fin de la tradicionalidad política

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Nasralla
Nasralla dice Juan Orlando Hernández es el principal violador de la constitución en Honduras.

Por: Héctor A. Martínez (Sociólogo). –Las elecciones hondureñas del 2017 marcaron un hito importante en la Historia, no sólo en términos de consciencia social, sino también porque se rompió el orden  “natural” de los procesos históricos que los políticos tradicionales y conservadores habían trazado desde el año de 1982.

La trampa política, el mercadeo electoral manoseado, y las recetas pragmáticas que los asesores han puesto a la venta para que los partidos y grupos de poder puedan comprarlas, se fueron, de una buena vez, por el escurridero de la Historia. Si, en algún momento, los grupos de poder creyeron haber trazado la ruta del proceso electoral del 2017, previendo todas las contingencias y accidentes propios de estos acontecimientos, no cabe la menor duda que hubo una parte de la agenda, que aunque aparecía como una posibilidad eventual, nadie, pero absolutamente nadie dentro del PN, tuvo la capacidad de imaginar lo que sobrevendría después de las elecciones.

Los vicios detectados por la oposición; la suspicacia que levantó el Tribunal Supremo Electoral (TSE) al invertir bruscamente la tendencia que demostraba las preferencias del electorado hacia el líder opositor Salvador Nasralla; el nebuloso conteo de los votos y la dilatoria en la entrega del recuento final, provocó –con justa razón- la inesperada reacción, no sólo de la Alianza Opositora, sino de la gente que desaprueba, con creces, la reelección de Juan Orlando Hernández.

Sin pensarlo dos veces, la gente se lanzó a las calles a protestar, a la vez que echó mano de las redes sociales, utilizadas a la manera de una plataforma de lucha que no guarda relación alguna con ideologías y –tengo la sospecha-, con ninguno de los políticos en contienda.

Harto de la miseria, el desempleo y de la inseguridad en las calles, el hondureño encontró en las votaciones, la única vía para castigar la ineficacia política  y la corrupción que anida en las instituciones del Estado.

El ciudadano que está hastiado de las crisis, reprobó la más flagrante de las violaciones que se le haya hecho a la Constitución de Honduras, sencillamente porque las instituciones que se suponía, debían haber puesto los frenos legales a las intenciones reeleccionistas, se acompasaron con el presidente y con su ambicioso proyecto inconstitucional de quedarse por más tiempo en la silla presidencial.

La “estrategia” reactiva de JOH y sus funcionarios, fue la de insistir, desde el comienzo, en la victoria limpia, sin imaginar que vendrían las protestas, en las que miles de hondureños se sumarían sin distingos de clases sociales. El silencio prolongado del TSE y del mismo mandatario, permitió la estructuración de grupos opositores en las diferentes ciudades del país, que se han volcado en puntos estratégicos impidiendo el libre acceso y paralizando, literalmente, toda actividad comercial o doméstica, casi al nivel de asfixia.

La noticia de la muerte de la hermana del presidente, ha coincidido con el anuncio final del TSE, declarando a Hernández como el ganador de las elecciones, por una pírrica diferencia. Las reacciones de incredulidad, y de especulación, producto de la misma fe caída de los hondureños, ha vuelto a encender las piras en las carreteras con mayor vivacidad que en los días anteriores.

El descontrol en el territorio es notorio, a pesar de que los medios de comunicación adscritos al régimen no permiten apreciar el estado de las cosas de una manera panorámica, de no ser por la comunidad virtual que las redes sociales ponen a disponibilidad del público, en cuestión de segundos.

Nadie sabe en qué concluirá la novela, pero una cosa es segura: en casa presidencial y en todo el “trust” del PN, ya se sabe, a estas alturas, que las cosas se fueron por otro lado. Y aunque se sigue apostando al enfriamiento de los ánimos, y a la quietud pacífica que impera en las fiestas navideñas, en las que –supondrán-, el pueblo ya no querrá saber nada de política y aceptará de buena o mala gana, el resultado oficial del TSE, el problema social se ha vuelto a inflamar como si fuese una pústula infecciosa.

Se rompió, por tanto, la tradicionalidad política en el país. Como dirían los marxistas, la dialéctica ha hecho su trabajo y la consciencia popular ha comenzado a ponerle fin a la tradicionalidad bipartidista que nos obligaba a aceptar el camino que debíamos tomar sin derecho a la protesta, a la participación política verdadera, a la crítica y a la disensión.