Monterrey se convierte el nuevo “sueño americano” de los migrantes hondureños

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Carlos Amiltar, a migrant from Honduras, rests as he waits for a train traveling north, in Lecheria, Mexico, Thursday, May 17, 2012. Every year, tens of thousands of Central American migrants embark on the dangerous journey through Mexico to try to cross into the U.S. (AP Photo/Alexandre Meneghini)

MÉXICO. La férrea seguridad de Estados Unidos en la frontera con México, el Programa Frontera Sur y la oportunidad de echar raíces en un lugar que ofrece oportunidades de trabajar, han redibujado el mapa de la migración en el país.

Ciudades que históricamente permanecían ajenas a este problema se ven ahora inundadas por una oleada de expatriados ilegales que –orillados por el desencanto de lograr el sueño americano- deciden quedarse en México. Algunos encuentran trabajo y otros prefieren no arriesgarse a regresar a sus países de origen, donde la violencia es peor aún.

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Monterrey y Guadalajara son tan sólo dos muestras de este nuevo fenómeno en el que miles de migrantes se vuelven parte del paisaje urbano.

Sentado sobre la ardiente acera en el centro de Monterrey y a más de 2 mil kilómetros de distancia de su hogar, Lalo ya no piensa con claridad, se deja llevar y sobrevive en la gran urbe.

El muchacho de apenas 21 años llegó el 3 de abril de la ciudad de La Ceiba, en Honduras y, como muchos, sólo venía de paso, pero la tragedia reescribió su historia.

Aún no bajaba del tren que circulaba a la altura de García, cuando uno de sus dos hermanos con los que viajaba, de 23 años, murió electrocutado.

“Veníamos ahí por García, pero mi hermano venía así parado, y tocó un cable y se electrocutó”, recuerda Eduardo.

El joven de cuerpo menudo y cabellos rizados, dice apellidarse Rosales.

Los ojos color miel se le cristalizan cuando cuenta la muerte de su hermano en el Hospital Universitario.

Recibió el apoyo del Consulado para el traslado del cuerpo a su país y hospedaje en la Casa de Migrante Casanicolás. Fue en el albergue que su otro hermano le anunció que seguiría su camino a Estados Unidos.

“Yo no quise ir, no tenía ánimos y le dije que me quedaría más tiempo aquí para ver después cuándo me iba”.

Lalo sigue en Monterrey, viviendo de la caridad ciudadana en cualquier crucero vial.

No trabaja desde hace 15 días porque en el último empleo que tuvo, su patrón no le pagó la quincena trabajada.

En cada palabra de Lalo se percibe lo que él llama “el ánimo enfermo”. Le han pasado tantas cosas que no tiene resuelto qué va a pasar con su futuro.

“La verdad ya no sé ni qué pensar, tengo los ánimos demasiado feos y no sé ni qué hacer”, confiesa.

Argumenta que no puede regresar a su país, porque los “Mareros” que lo desterraron, no se lo perdonarían.

Trabajaba como pastelero y repostero, con un salario fijo y prestaciones. Su sueldo era suficiente para sostener a su pareja y a la bebé de ambos, de apenas 3 años.

Pero continuamente era acosado por los miembros de la Mara Salvatrucha, quienes lo asaltaban y molestaban. Un mal día le quitaron todo lo que traía, lo corrieron de su ciudad y le dijeron que no volviera.

La incertidumbre es grande, mientras su mujer le pide que la traiga a Monterrey, la ciudad que él le describe tan grande y pacífica, su calidad de indocumentado no le permite complacerla.

El peligro que acecha al largo camino en tren, refuerza la decisión de Lalo, para no traer a su pareja y a su hija.

Durante el viaje sobre “La Bestia”, el joven vivió cosas que sólo había escuchado como historias de terror. Sobrepasaron su imaginación.

En el trayecto la marcha del convoy fue interrumpida por los miembros de una banda del crimen.

Los delincuentes abusaron de una joven que viajaba junto a ellos e intentaron abusar de una segunda.

“Mis hermanos y yo las defendimos lo más que pudimos, y logramos sólo proteger a una, a la otra sí la violaron.

Y así todo el camino las cuidamos de los compas que venían en el tren, que también andaban acosándolas”.

Las mujeres llegaron con bien a su destino, una de ellas se quedó a vivir en Monterrey y la otra, ya radica en Estados Unidos.

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Después de salir de la Casa del Migrante, a Lalo le han dado posada algunos amigos hondureños establecidos en el centro de Monterrey y en Guadalupe.

“Ellos ya trabajan aquí, en carnicerías, en mercados, cargando cosas o de lo que sea, y ya tienen un tiempo aquí, y es que aquí la gente sí nos apoya.