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viernes, abril 19, 2024

Los dones de Honduras

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Oscar Aníbal Puerto Posas

Don es un título honorífico y de dignidad, que se antepone al nombre propio, no al apellido. Se daba antiguamente a muy pocos, aún de la primera nobleza. España, lo reservará, más tarde, a sus grandes hombres lindantes con la genialidad. Son pocos, muy pocos y entre ellos espiga una que otra mujer.

No pretendemos hacer un listado exhaustivo. Me referiré a algunos; casi todos pertenecientes a la generación noventayochistas. Veamos, don Ramón Menéndez Pidal, don Miguel de Unamuno, don Marcelino Menéndez y Pelayo, don Ramón María del Valle Inclán. ¡Oh! casi se me olvidaba una gran mujer: doña Emilia Pardo Bazán. España tiene enormes poetas y artistas. A ninguno se le aplica el calificativo de don. Al parecer, solo se le aplica a ejemplos vitales de erudición.

Honduras, ha producido también sus dones: don Augusto C. Coello, don Rómulo E. Durón, don Jesús Aguilar Paz, don Manuel Adalid y Gamero y creo que ya no hay más… Desearía equivocarme. Hay dos damas que merecen el cognomento: doña Lucila Gamero de Medina y doña Paca Navas de Miralda.

Don Augusto Constancio Coello, es harto conocido por ser el autor de la letra del Himno Nacional. Pero el hombre allí no se agota. Fue historiador. Periodista. Político. Hizo de la vida pública una función patriótica altísima. Fue Canciller de la República en el gobierno del doctor Miguel Paz Barahona. Debido a ello, la Academia de Diplomacia lleva su nombre.

Don Rómulo Ernesto Durón. Jurisconsulto. Político. Poeta. Ex rector de la Universidad Nacional de Honduras. Historiógrafo, sus tratados son obra de consulta. Fue, en suma, un patriota: la United Fruit Company le pidió que llevara sus asuntos jurídicos. El incentivo económico era halagüeño. Pero, don Rómulo dijo: “no”. Su argumento fue: “si en algún momento me toca litigar en contra del Estado de Honduras, me moriría de vergüenza”. Era Canciller de la República, cuando los marines yanquis llegaron a Tegucigalpa en 1924. Don Rómulo, en persona, entregó una nota de protesta al Embajador de los EEUU, Franklin Morales. Son las cosas que no se saben y por eso no se reconocen los méritos de las personas.

Don Jesús Aguilar Paz, fue un finísimo obsequio que el municipio de Gualala allá en Santa Bárbara quiso ofrecerle a Honduras. El primero en pintar el rostro de la patria. Su mapa tuvo una duración de sesenta años, hasta que la geodesia nacional permitió superarlo. Aún así, fue un modelo para los técnicos. Toda su labor la hizo a pie o en lomo de bestia. Sin apoyo económico del Estado. Movido por su inmenso amor a Honduras. Fue maestro de educación primaria y doctor en química y farmacia.

Don Manuel Adalid y Gamero. Hombre polifacético: ingeniero, médico, profesor, escritor, periodista y político. Pero sobre todo, fue el mejor músico que ha producido Honduras. Fundador de la primera escuela de música. Maestro de músicos de fina estirpe: Francisco Díaz Zelaya, Rafael Coello Ramos, Ignacio Villanueva Galeano y otros más. De todos los mencionados, solo don Manuel Adalid y Gamero tiene una estatua majestuosa y señera en el Parque Central de Danlí, tierra de sus amores.

Doña Lucila Gamero de Medina, fue la primera mujer que se atrevió a escribir en Honduras. Realizó su famosa novela “Blanca Olmedo” que le dio renombre nacional e internacional. La publicó en 1900 y todavía es texto de lectura obligatoria en los colegios y en las universidades de Honduras: tiene, entonces, más de cien años de amenidad.

Doña Paca Navas de Miralda es la autora de “Barro”, editada en Guatemala en 1950. Por cierto, la primera novela de denuncia social escrita en Honduras.

En mérito a lo anterior, podemos concluir que la clase política del siglo pasado era más instruida que la clase política actual. Constituida por pícaros y ladronzuelos.

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