LETRAS LIBERTARIAS de Héctor Martínez: Influencers, modelos y ofertas de todo tipo

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El sociólo Héctor Martínez escribeno: No todo lo que parece emprendimiento corporal y estético, sigue el trazado rectilíneo de la ética y la seguridad personal.
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Héctor A. Martínez, sociólogo.

Por: Héctor A. Martínez (Sociólogo). -Son chicas y chicos que lucen cuerpos envidiables y muy moldeados. Se manifiestan en las redes sociales con información que dice, entre otras cosas, Soy Influencer o bien Soy modelo-edecán. Todavía más: según sus datos, tienen miles y miles de seguidores, a grado tal que abren varias cuentas para que sus “fans” puedan seguir las fotografías del momento, y puedan apreciar dónde y con quién andan, o qué cosas han hecho en las últimas horas.

Dicen amar a Dios, por sobre todas las cosas y rezan por que el éxito llegue temprano a sus vidas. Además, casi tod@s son solter@s empedernidos. Las chicas, por lo general, mantienen un hijo, aunque la mayoría de ellas resultan ser madres solteras.

En la apariencia virtual lucen como si fuesen seres perfectos y felices, que nada en el mundo –material desde luego- les hace falta. Pero, en la vida real, la de las luchas del día a día, la situación, por supuesto, debe ser otra.

Los oficios a los que aluden ejercer con galantería narcisista, son de baja remuneración en países del Tercer Mundo, de modo que resulta casi imposible que puedan mantener las costosas -y nada repetibles ropas- que exhiben, que viajen a países europeos o que sean empresarialmente exitos@s.

Ser modelo de pasarela, o edecán de empresas privadas, no son ocupaciones con las que puedan llegar a alcanzar una vida de dicha y ventura personal. Algunos de estos chic@s se atreven a nombrarse con títulos universitarios como el de “abogad@” o “comunicador@ social”.

Pero el que más llama la atención es el de ser influencer, palabreja anglosajona utilizada en el marketing, que alude a personas de fama mundial que utilizan un producto o un servicio al que los consumidores prefieren por el hecho de ser utilizado por la estrella del momento. Algo así como que si Messi o Cristiano Ronaldo recomendasen utilizar cierta línea de atuendos deportivos.

Nos parecería, sin duda, un análisis de este tipo, cosa baladí, más, en la vida real, la propensión para obtener fama y reconocimiento de una manera fácil y sin mayor costo que el ejercicio corporal, es un tema sociológico, no solo por el cuidado que debemos tener en la preponderancia de ciertos valores bastante frágiles por cierto, sino también en los efectos sociales e individuales que ese fenómeno pudiese acarrear.

Como cada quien es libre de hacer lo que le venga en gana con su cuerpo, debemos reconocer que los tiempos han cambiado. La libertad de los mercados abre las puertas a la imaginación y a la inventiva. Si el cuerpo es el medio para obtener ganancias y lucro, ¡pues sea! Lo que debemos distinguir es que si la línea que divide el esfuerzo honrado y la degradación están bien marcada o, por el contrario, la delimitación es tan frágil que no podemos diferenciar si los nuevos quehaceres más bien riñen con la moral y con los valores tradicionales de nuestra sociedad. Y con la humanidad de los jóvenes.

Para nadie es un misterio lo que ronda alrededor de cientos de chicos que principian en la actuación o el modelaje profesional de Europa y los Estados Unidos. Mafias de explotación sexual, agencias de modelos enmascaradas y tráfico de blancas, fueron denunciadas el año pasado por la joven modelo austriaca Jazz Egger de apenas 20 años, al Daily Mail de Inglaterra.

Y esta muestra ratifica la postura de que no todo lo que parece emprendimiento corporal y estético, sigue el trazado rectilíneo de la ética y la seguridad personal.

Además, el peligro social que personifica entre los jóvenes, los llamados influencers, es que se pueden romper las tradiciones familiares, religiosas y éticas, y que la actividad propicie el resurgimiento de nuevos valores – ¿o antivalores?-, algo así como si se tratara de la tiranía de lo material sobre el espíritu, del hedonismo sobre el estudio y el trabajo arduo, todo ello de calculables consecuencias en la aspiraciones de la juventud que, como todos sabemos, es la etapa más quebradiza en el proceso de socialización del individuo.