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sábado, noviembre 27, 2021

La pobreza detrás de un pequeño vendedor en Honduras

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SANTA ROSA DE COPÁN. Es muy probable que hayas oído hablar de personajes y empresarios tan influyentes como Donald Trump o Bill Gates; sin embargo, a partir de ahora tendrás que añadir a la lista esta historia que tiene un sentido y un nombre: Bayron Ríos (13 años), es un niño que a su corta edad anda por las calles vendiendo dulces en lugar de estar jugando y yendo a la escuela.

Su rostro casi nunca pasa desapercibido, pues sus ojos son vivaces y le permiten estar en alerta ante un posible cliente en los autobuses de la gran terminal en el occiente del país. Sus ojos abiertos han visto quizá de todo, han sentido el dolor de la indiferencia por quienes lo ignoran cuando él les dice «¡Cómpreme un dulce seño..!»; la amargura del menosprecio no es justa, no es justa la humillación del olvido, el desdén de quien ni siquiera les dirige una sonrisa o una palabra amable.

Sin duda Bayron altera el paisaje de quien piensa en las sociedades sin problemas, de cuantos tratan de eludir la realidad incómoda que cuestiona sus percepciones pretendidamente correctas y confortables de los hechos que suceden en su entorno y que les cierra el horizonte de la vida, este pequeño pasa muy pocas ocasiones de felicidad, pero sí muchas crudas y hostiles.

¿Qué hace para vender sus dulces? Todos los días puedes encontrar al gran Bayron cerca de los autobuses que traen a turistas y residentes, casi siempre pasa lleno de problemas por no tener una vida digna, porque le toca trabajar a penas siendo un niño, en muchos casos le toca colocar una sonrisa forzada a cambio de adquirir diez lempiras de compra de una de las golosinas, su risa es el modelo que apenas consigue esbozar por la mueca de su voz que mecánicamente transmite el producto en venta para poder subsistir.

Con su típica gorra, pantalón y camisa sencilla, Bayron se sube todos los días al bus diciendo: ¡»Chicle, caramelo chiqui…»! se le nota cabizbajo y avergonzado, al terminar espera en el fondo que el chofer detenga la marcha para descender, algunos le compran por piedad aunque no tengan deseos, mientras otros solamente lo ignoran.

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Bayron y uno de sus mejores amigos, Luis Aguilar Espinoza.

Su convicción es clara: “Mi papá, mi hermano y yo día a día tienemos que luchar para pagar muchas cosas y poder comernos un tamalito. A mí no me gusta ver a las personas haciendo cosas malas, aquí en la terminal veo cosas feas de vez en cuando, pero yo no le pongo atención; me dedico a mi tarea y a mi venta; tengo que estar listo para que no me roben», dijo con quebranto el menor.

Al preguntarle por sus deseos, dice que necesita dinero para mejorar su calidad de vida, «he visto a muchos niños que que juegan muy alegres con sus juguetes pero yo siento que son caros, por eso pido a los lectores de TIEMPO que me echen un manita», entre lágrimas señaló el pequeño Bayron.

Esta historia ha sido capturada por TIEMPO Digital con el deseo que tenga un desenlace feliz y positivo para el copaneco Bayron, quien desde el recóndito lugar y con un corazón de esperanza, espera por la ventana una lucesita, una ayuda que lo ilusione a ser alguien mejor en la vida, a estudiar y sacar adelante su familia.

Por: Jerson Trigueros

Correo de ayuda: jerson.trigueros@tiempo.hn

Teléfono: 9559-5733

 

 

 

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