La «pesadilla» de una familia chilena: 50 días anclada en su velero frente a Roatán

479
Familia chilena y dos guatemaltecos. Foto BBC,

Honduras. Una familia chilena y dos guatemaltecos viven «una pesadilla», tras llevar 50 días varados en Roatán, Islas de la Bahía.

La historia de estos latinoamericanos se dio a conocer a través de un reportaje de la BBC.

Marcelo Escalante García, de 52 años, es un chef. «Estas no son vacaciones en el Caribe, esta es una pesadilla», asegura.

En el  chileno lleva más de un mes atrapado en su velero. Con él están su esposa y su hijo de 21 años. No sin mencionar a los dos centroamericanos.

A pesar de estar frente a una de las islas más apetecidas en el mundo para hacer turismo, los extranjeros desean volver a casa, y ese viaje se ha hecho imposible por la pandemia del covid-19.

Las semanas han transcurrido en el confinamiento dentro de una embarcación de 48 metros cuadrados, anclada frente a Roatán.

«Estoy a 20 metros de la playa y no la puedo tocar. Se me ha olvidado hasta caminar. Es una situación espantosa»,  expone el ciudadano chileno.

¿Por qué no desembarcó en territorio hondureño?

El pasado 10 de marzo, Escalante inició una travesía desde Livingston, en Guatemala, hasta Puerto Williams, en Magallanes. Tenían previsto hacer 26 días de viaje, gastando 2.500 dólares.

Pero en esa fecha, la pandemia del coronavirus avanzaba con rapidez en Italia, España y otros países. Pero en Centroamérica, no obstante, la noticia era aún lejana.

«Decidimos emprender el viaje sin tener conciencia de lo que estaba pasando», recuerda Escalante durante la entrevista. Sin embargo, en poco tiempo, varios países de Latinoamérica empezaron a cerrar sus fronteras por miedo a la propagación del virus.

Por ende, en Honduras no hubo excepción e impuso esa medida el 15 de marzo. Así, cuando Escalante decidió detenerse para reabastecerse en el puerto La Ceiba, las autoridades locales le negaron el desembarco.

Debido a fuertes vientos y oleaje, el chef decidió anclar en el malecón de esta zona para pasar la noche. El clima empeoró.

De La Ceiba a Roatán 

En su narración, Escalante cuenta que empezó a «pedir auxilio porque el viento nos estaba tirando hacia un roquerío. Hice cinco llamadas de emergencia, hasta que por fin apareció la guardia costera. Lograron sacarnos, pero quedé con daños en la quilla y el timón«.

La mala noticia es que no los recibirían, y les recomendaron que probaran en Roatán, isla que tiene comunicación marítima y aérea con La Ceiba.

Por lo tanto, con el velero a medio funcionar, el viaje que normalmente toma entre dos y tres horas lo hicieron en 12.

Al llegar a Roatán, no tardaron mucho en darse cuenta de que la respuesta sería más o menos la misma: en esta isla, donde aún no había contagios, los extranjeros tampoco eran bienvenidos. Y allí siguen sin poder ingresar.

Se mueven sólo alrededor del barco

El área en la que conviven es muy pequeña, por lo que cuando alguno quiere hacer ejercicio, la única opción es tirarse al mar y nadar alrededor del barco, no pueden avanzar mucho.

Sobre los servicios, han tenido que racionar el agua potable y la comida. Durante los primeros tres días anclados en la costa, de hecho, debieron sobrevivir sin agua.

La comida no se les ha acabado, cuenta, gracias a que una chilena que vive en la isla les llevó un canasto con frijoles, harina, huevos y fruta fresca. Además de cosas para el aseo personal.

En palabras de Escalante, todo lo que les venden los lugareños tiene “un precio de oro”. No tiene presupuesto. «No me queda dinero; la cuenta la tengo en cero«, dice Escalante.

«Cuando tienes un velero, te tildan de millonario. Y no es así, este es un sacrificio de toda una vida. Yo no tengo nada más que esto», añade.

Por lo mismo, bañarse y lavarse los dientes lo hacen con agua salada. Las porciones de alimento las miden minuciosamente.

Un espacio para dormir en el velero.

Las autoridades de la isla les siguen negando la entrada a pesar de que ya llevan más de una cuarentena. Ellos pudieran hacerse pruebas, pero las normas están estrictas.

Pasamos una cuarentena y media, vino el médico de la isla, nos encontró a todos sanos y él dio la autorización, pero la directora médica finalmente dijo que no», cuenta Escalante.