JORNADAS MORAZANICAS

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Adolfo Peña Cabús 1/2

El rotarismo hondureño hoy levanta con orgullo una antorcha de identidad nacional y centroamericana: Levanta, sostiene y difunde la antorcha de la Jornada Morazánica. Honrar honra, y es honradez reconocer el mérito ajeno y ser fiel a la verdad y a la historia, por eso les voy a hablar de cosas que deben conocerse, y que jamás deben olvidarse.

Rotary llega  a Honduras en 1929 al fundarse el primer club en Tegucigalpa, su primer presidente el prominente intelectual progresista Rafael Díaz Chávez. Y en 1937 el Club de Tegucigalpa, por medio de Enrique Guilbert y Alberto Lázarus,  patrocina la fundación del Club Rotario de San Pedro Sula. El de Tegucigalpa era entonces la locomotora que impulsaba y movía al tren del rotarismo hondureño.

-Y quién fue el primer presidente del nuevo club, en San Pedro Sula?
Quiero hablarles de un copaneco ilustre que fue ciudadano del mundo, un hombre grande,  que jamás perdió la humildad y se enorgulleció siempre de sus modestos orígenes en ‘’Santa Rosa de los Llanos, cuna de la república’’ (como con toda propiedad  tituló su libro el santarrocense historiador Profesor Mario Yllescas). Y se sentía orgulloso, el primer presidente del Club de San Pedro Sula, de su pequeñito pueblo montañés de San Juan de Opoa, fundado por castellanos, andaluces y sefarditas cuando comenzaba la Conquista de Honduras. Esa región ha dado a la Patria hondureños ilustres en diferentes campos del conocimiento y trayectoria, como Victoriano Castellanos; Abraham, Manuel, Jorge y Enrique Bueso Arias. Francisco Alberto y Enrique Rodezno, Mito Galeano, Héctor Castañeda Batres, Eduardo Gauggel, el padre.

Muchos  entienden que me refiero a un político valiente de mente clara y de manos limpias. Muy joven, por su inclaudicable rebeldía ante los excesos de su propio partido en el poder, reclama con hidalguía contra esos excesos, y si bien no renuncia a su afiliación partidista (en aquellos tiempos el lírico lema era JUSTICIA SOCIAL CON LIBERTAD Y DEMOCRACIA), pasa a la oposición y se convierte en una de las mejores banderas de honestidad y rectitud, de respeto a la democracia, junto a otros amigos suyos, su colega y cófrade masónico el Doctor Miguel Paz Barahona, y su viejo amigo “un abogado de andar cansino y paso lento, de los Gálvez de Juticalpa” como decía Medardo Mejía, me refiero al inolvidable Juan Manuel Gálvez.

Muy joven, el rotario de quien les hablo  se va al exilio, ejerce como doctor en plantaciones huleras de la parte selvática de Guatemala, viaja a estudiar medicina tropical en Cuba, y continúa por sus propios méritos formándose en el Viejo Continente: Francia y Alemania fueron testigos de su excelencia como doctor,  especializándose  pero también impregnándose de cultura, que ambas cosas no son excluyentes, por cierto.

Por amor se radica en San Pedro Sula de manera definitiva, a raíz de su matrimonio con Eva Zelaya Zelaya. La conoció cuando ella era una niña, de una vieja familia emigrada a la Costa Norte, y él un muchacho que llegaba con su padre a hacer comercio en esas feraces tierras de la Costa Norte. Y luego la vida los reúne otra vez, y vivieron juntos hasta que doña Eva le cerró los ojos para siempre, después de que ese rotario ejemplar tuvo lo que le pedía al Gran Arquitecto del Universo: Morir después de completar un día de trabajo, y así fue: Falleció pocas horas después de cerrar por última vez la puerta de su clínica, en el primer piso de su austera casa que aún existe en la cuarta avenida de la capital industrial de Honduras.

Les hablo de un hondureño ejemplar, presidente primero y fundador del Club Rotario de San Pedro Sula y de las Jornadas Morazánicas.

Era un médico y científico ilustre, un  político de mente clara y manos limpias. En otra de sus muchas facetas, en el Servicio Exterior de Honduras como diplomático de 24 quilates, siendo de la oposición fue nombrado Embajador de Honduras en Madrid por su colega, compañero rotario y adversario político, el recordado Presidente Ramón Villeda Morales. Y representa a Honduras con tal excelencia que es nombrado miembro de número de la Real Academia Española de la Lengua, y le aprecian como amigo españoles de la talla de Gregorio Marañón, médico y escritor de fama mundial. Allá nace su hija menor, María Isabel, en el modesto piso del Embajador y su familia en la calle General Mola. Ministro de Salud años después, recorre mi nación en una camioneta Willys llenándola de centros de salud provinciales, y al entregar el cargo, la siguiente mañana lo encuentra trabajando de nuevo en su clínica, no contando dinero ni escondiéndose de la vindicta popular, porque él vino a Tegucigalpa a trabajar por la salubridad de todos los hondureños, solo a eso vino, no a enriquecerse.