Honduras es ahora un poco más seguro, según New York Times

Niños juegan en una estructura abandonada cerca de un campo de fútbol en el barrio Rivera Hernández en San Pedro Sula, Honduras. Las pandillas solían frecuentar este edificio y el campo de fútbol era un tiradero de cadáveres.Niños juegan en una estructura abandonada cerca de un campo de fútbol en el barrio Rivera Hernández en San Pedro Sula, Honduras. Las pandillas solían frecuentar este edificio y el campo de fútbol era un tiradero de cadáveres.

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La Casa de la Esperanza fue fundada por Daniel Pacheco, pastor y carpintero de medio tiempo. Anteriormente era un lugar donde las pandillas torturaban y asesinaban a sus víctimas. Credit Katie Orlinsky para The New York Times

Después, con un calor húmedo, en medio de la calle, coloca una carpa, un proyector, pantalla y altoparlantes. Pone sillas de plástico y levanta una casa inflable de Scooby Doo.

A las siete y media, la noche que estuve allí, más de cien niños estaban jugando juntos. Reían alegres en el inflable y después se sentaron a mirar Intensamente. Finalmente, hicieron una fila para que un policía les diera botellas de agua y bolsas de alimentos con el número 911; les pidieron que llamaran al nuevo sistema de emergencia para denunciar crímenes. Estados Unidos entregó el equipo y puso todo lo que Pacheco necesitó para el evento.

El apoyo de Estado Unidos está “teniendo resultados”, dijo James D. Nealon, el embajador de Estados Unidos en Honduras. “Estamos reduciendo la migración”, afirmó. También se está reparando el daño que provocó Estados Unidos.

En primer lugar, por la deportación de decenas de miles de pandilleros a Honduras a lo largo de las dos últimas décadas, una decisión que exacerbó gran parte del caos actual. Y en segundo lugar por la demanda de drogas por parte de los estadounidenses, las cuales son enviadas desde Colombia y Venezuela a través de Honduras. Si Estados Unidos sigue con su trabajo contra la violencia en Honduras, dijo el embajador Nealon, “en cinco años tendrán de vuelta su país”, refiriéndose a los hondureños.

Pacheco llevó a cabo sus programas en una casa verde y blanca llamada Casa de la Esperanza. Hasta hace poco era conocida como una Casa Loca: una casa que las pandillas utilizan para torturar y asesinar.

El 26 de junio de 2014, miembros de la pandilla Ponce secuestraron a Andrea Abigail Argeñal Martínez, de 13 años, porque su familia no pudo pagar el “impuesto de guerra” que la pandilla le impuso a su pequeña tienda. Violaron a Andrea durante varios días en esa casa, y llamaron a su madre para que pudiera escuchar los gritos de la niña mientras la hacían pedazos. Enterraron a Andrea bajo un árbol de toronjas en el patio.

Pacheco recordó cómo se había parado sobre el hoyo que quedó después de que exhumaron a Andrea y juró: “En tu memoria, voy a hacer algo”. Después limpió la sangre del suelo.

Ahora recorre los lugares para prevenir asesinatos. Cuando escucha que una pandilla ha sido arrinconada por la policía, se pone frente a los oficiales y grita “¡dejen de disparar!”, hasta que ellos permiten que la pandilla se rinda. De esta manera se ha ganado la confianza de las seis pandillas. Hace lo mismo cuando escucha que una de las pandillas está a punto de asesinar a alguien, y se dirige a la escena en su bicicleta a toda velocidad.

Estados Unidos ha sido un gran aliado para él, pues el país estaba desesperado por frenar el éxodo de niños que llegaban solos. Estados Unidos basó su estrategia de prevención en lo que había funcionado en Boston en los noventa, y más tarde en Los Ángeles: concentrar esfuerzos en los lugares más violentos. En 2014, USAID y la Oficina de Asuntos Internacionales de Narcóticos y Aplicación de la Ley comenzaron a organizar a los líderes de la comunidad en tres locaciones piloto en San Pedro Sula, incluyendo la que está en Rivera Hernández.

Un equipo de jóvenes en riesgo de Rivera Hernández antes de un partido de fútbol contra un equipo de asesinos: 20 sicarios de la pandilla de Los Tercereños. “Cuando los pandilleros se van a casa, llegan cansados a dormir. No asesinarán a nadie esa noche”, dijo Pacheco. Credit Katie Orlinsky para The New York Times
Un equipo de jóvenes en riesgo de Rivera Hernández antes de un partido de fútbol contra un equipo de asesinos: 20 sicarios de la pandilla de Los Tercereños. “Cuando los pandilleros se van a casa, llegan cansados a dormir. No asesinarán a nadie esa noche”, dijo Pacheco. Credit Katie Orlinsky para The New York Times

Una de las tácticas más efectivas es la creación de centros asistenciales en los vecindarios; Estados Unidos ha auspiciado 46 de ellos. Generalmente una iglesia dona el edificio, y Estados Unidos la remodela y entrega computadoras, equipos y el financiamiento inicial para contratar a un coordinador.

Los centros reclutan mentores y proveen entrenamiento vocacional para residentes, a quienes luego ayudan a encontrar empleo como peluqueros, panaderos y electricistas. Arnold Linares, un predicador bautista que dirige uno de los centros, dice que, a pesar de los numerosos inconvenientes, “el gobierno estadounidense ha sido un mejor aliado que el gobierno de Honduras”.