Honduras es ahora un poco más seguro, según New York Times

Niños juegan en una estructura abandonada cerca de un campo de fútbol en el barrio Rivera Hernández en San Pedro Sula, Honduras. Las pandillas solían frecuentar este edificio y el campo de fútbol era un tiradero de cadáveres.Niños juegan en una estructura abandonada cerca de un campo de fútbol en el barrio Rivera Hernández en San Pedro Sula, Honduras. Las pandillas solían frecuentar este edificio y el campo de fútbol era un tiradero de cadáveres.

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Hace dos años, cerca de 18.000 niños hondureños que viajaban solos llegaron a la frontera estadounidense para huir de la violencia en su país. Hoy, los programas financiados por Estados Unidos están ayudando a disminuir el crimen y la migración de los jóvenes.

REDACCIÓN. El destacado periódico estadounidense New York Time, publicó un artículo sobre temas de violencia e inseguridad en nuestro país.

Hace tres años, Honduras tenía la tasa de homicidios más alta del mundo, mientras que la ciudad de San Pedro Sula tenía la más alta del país y el vecindario Rivera Hernández, donde 194 personas fueron asesinadas o apuñaladas a muerte en 2013, tenía la tasa de homicidios más alta de la ciudad.

Decenas de miles de jóvenes hondureños viajaron a Estados Unidos para pedir asilo y alejarse así de la violencia de las pandillas de narcotraficantes.

Este verano regresé a Rivera Hernández para encontrarme con una reducción significativa de la violencia, en gran parte gracias a los programas instaurados por Estados Unidos, los cuales han ayudado a que los líderes de las comunidades combatan el crimen. Al tratar la violencia como si fuera una enfermedad contagiosa y cambiar el ambiente donde se propaga, Estados Unidos no solo ha ayudado a hacer que estos lugares sean más seguros, sino que también ha reducido sus propios problemas.

Hace dos años, cerca de 18.000 niños hondureños que viajaban solos llegaron a la frontera estadounidense. Ahora los líderes de las comunidades dicen que la cantidad de jóvenes que se dirigen al norte desde este vecindario se ha reducido más de la mitad. Honduras ha bajado del primer al tercer lugar entre los países centroamericanos que envían niños solos a Estados Unidos de manera ilegal.

Las inversiones bien pensadas están siendo un éxito en Honduras. Esto contradice fuertemente a las políticas aislacionistas que cada vez se extienden más en Estados Unidos. Una encuesta del Pew Research Center realizada en abril halló que la mayoría de los estadounidenses piensa que su país debería “solucionar sus propios problemas” mientras los demás enfrentan los suyos “tan bien como puedan”; ese sentimiento es la base del eslogan “Primero Estados Unidos” y la campaña “Construyamos un muro” de Donald Trump. Muchos parecen haber perdido la fe en el poder estadounidense.

El financiamiento para la prevención de la violencia en Honduras —que este año costó entre 95 y 110 millones de dólares— también ha sido criticado por parte de la izquierda. Este verano se presentó en el Congreso un proyecto de ley para suspender la ayuda destinada a la seguridad de Honduras a causa de la corrupción y las violaciones a los derechos humanos en ese país. Estas preocupaciones son legítimas, pero retirar ese apoyo sería un error.

Lo que de verdad Estados Unidos debe hacer es redoblar la apuesta de los programas que están funcionando y reproducirlos en otros lugares. Aunque menos niños estén llegando a Estados Unidos desde Honduras, la cifra total de centroamericanos podría establecer un récord este año. Lo que está funcionando en Honduras podría brindar esperanza a Guatemala, El Salvador y otros países en crisis.

Hasta hace poco, los padres no dejaban que sus hijos salieran en Rivera Hernández, por el temor a las seis pandillas que controlaban el enorme vecindario de 150.000 habitantes.

Las pandillas imponían un toque de queda a las 6 de la tarde. Los cadáveres aparecían en las calles de tierra por la mañana. La pandilla Barrio 18 formó un punto de control donde preguntaba a todos los conductores: “¿De dónde vienes? ¿Adónde vas?”. Le disparaban ahí mismo a quien diera la respuesta equivocada. Distintas fuentes —entre ellas el Departamento de Estado y la policía hondureña— me contaron sobre unos pandilleros que jugaban fútbol con la cabeza decapitada de alguien a quien habían ejecutado.

La Casa de la Esperanza fue fundada por Daniel Pacheco, pastor y carpintero de medio tiempo. Anteriormente era un lugar donde las pandillas torturaban y asesinaban a sus víctimas. Credit Katie Orlinsky para The New York Times
La Casa de la Esperanza fue fundada por Daniel Pacheco, pastor y carpintero de medio tiempo. Anteriormente era un lugar donde las pandillas torturaban y asesinaban a sus víctimas. Credit Katie Orlinsky para The New York Times

“Era como un pueblo fantasma”, dijo Jesús René Maradiaga, un líder de la comunidad. Le habían disparado a dos de sus hijas; una de ellas murió.

Sin embargo, ya no es así. En dos años, los homicidios se han reducido en un 62 por ciento. Un jueves hace poco asistí a la noche de cine que Daniel Pacheco organiza dos veces al mes. Pacheco, pastor y carpintero de medio tiempo, recoge a niños que viven en el territorio de la pandilla Barrio 18, así como a niños del área controlada por su rival más violento, la Mara Salvatrucha.