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viernes, septiembre 17, 2021

HISTORIA HUMANA| Roberto Borjas, de las raíces campesinas al sueño de tener un bufete

Roberto Borjas Mendoza es oriundo del municipio de Morocelí, departamento de El Paraíso, al oriente de Honduras; desde pequeño sufrió carencias pero, como suelen decir, las limitaciones están en la mente. Con esfuerzo estudió y en la actualidad es un exitoso técnico en Radiotecnología y licenciado en Ciencias Jurídicas. 

La historia de este joven nos muestra que cuando se quiere, se puede y cuando se tiene las ganas de superarse, no existen limitantes. 

Su madre es enfermera y su padre era un campesino del municipio que lo vio nacer. Roberto contó a TIEMPO Digital que cuando su progenitor se juntó con madre, ninguno había estudiado. Continuó contando que su padre laborando extenuantes jornadas en el campo logró poner a estudiar a su madre y de esa forma, ella se convirtió en enfermera. 

“Durante mi infancia hubo carencias en algunas circunstancias. En la lucha constante de mi papá por superarse ellos y por hacer que nosotros nos superáramos. Somos tres, yo soy el mayor”, relató Roberto. 

Ante la falta de trabajo en el municipio donde nació, Roberto y su familia tuvo que vivir en varios municipios mientras su madre lograba conseguir un empleo fijo. Relató que vivió durante un año en Teupasenti, luego volvió a Morocelí y después San Juan de Flores. 

“En algunas ocasiones a quien le tocaba mudarse con mi mamá era a mí. Mi hermano menor en ocasiones se quedaba viviendo en el pueblo con mi papá”, expuso el joven. 

Luego de un tiempo, el padre de Roberto logró conseguir un empleo como guardia de seguridad, lo que abrió la posibilidad para que él y su hermano terminaran la secundaria. 

La Radiotecnología le abrió las puertas

Al finalizar su secundaria, Roberto, con grandes sacrificios, logró trasladarse a Tegucigalpa para seguir sus estudios universitarios. Entró a estudiar un técnico en Radiotecnología en la Universidad Nacional Autónoma de Honduras (UNAH).

El joven relató que vivió junto a su hermano en un apartamento de 2×2 metros mientras buscaba cómo salir adelante. 

“En el cuarto solo teníamos una litera, allí cocinábamos y vimos cómo nos acomodábamos”, dijo a TIEMPO. Luego de graduarse, Roberto, logró conseguir un empleo, sin embargo, tuvo que trasladarse hasta el departamento fronterizo de Ocotepeque. 

“El salario era muy bajo, pero por la necesidad de trabajar me tocó mudarme hasta San Marcos, Ocotepeque”, manifestó. 

Al tener un año de estar laborando en un centro hospitalario de Ocotepeque, Roberto recibiría una llamada. En la cual le contarían que en la institución bancaria donde su padre trabajaba hubo un intento de asalto y que su progenitor resultó herido. 

“Tomé la determinación de viajar desde Ocotepeque hasta Morocelí. No tenía ni cinco minutos de haber salido cuando me cayó otra llamada y me dijeron que mi papá había muerto”, dijo con pesar.

Para Roberto, el trayecto se desde el occidente hasta el oriente del país se le hizo eterno luego de recibir la trágica noticia. 

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“Entré en depresión, no podía dormir”

Luego de enterrar a su padre, Roberto volvió a Ocotepeque. No regresó bien, pues la conmoción de la pérdida lo llevó a la depresión y no podía conciliar el sueño. 

Empezó a automedicarse con pastillas para dormir. “Son unas pastillas super fuertes. Empecé yo a tomarme la tercera parte de la familia. Eso ya no me hacía efecto, luego comencé a tomarme la mitad, luego una entera. Llegué al punto de tomarme hasta cuatro”.

Relató que la depresión y la incapacidad de conciliar el sueño persistió durante al menos dos años. Luego de un tiempo, decidió hacer ejercicio para salir de ese estado. Su deseo de superarse continuaba, y ahí decidió estudiar Derecho como distracción.

No todo sería color de rosa, pues la universidad más cercana estaba ubicada a más de 100 kilómetros. A diario viajaba desde Ocotepeque hasta Santa Rosa de Copán. El largo viaje, lo realizaba cuatro veces a la semana. 

“Me tocaba regresarme el mismo día. Al salir de trabajar me tocaba irme a la universidad. Entraba a las 3 de la tarde y salía a las 8 de la noche. A veces tenía clases a las 7 de la mañana, al regresar de la universidad tenía que ir a trabajar de 10 de la noche a 7 de la mañana, solo me quedaba chance de irme a bañar a la casa”, manifestó. 

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