HISTORIA HUMANA | Ni el Mitch pudo vencer los sueños del capitalino Gerson Argueta

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«Yo perdí tres años de escuela y solo alcancé a llegar hasta sexto grado. En ese lapso yo le fui perdiendo interés al estudio y fue el fútbol que me ayudó a salir para adelante», añadió.

Era el fútbol o ser delincuente 

Crecer en un barrio de escasos recursos no es fácil. Hay mucha tentación y, así como lo relata Gerson Argueta, existen muchas tentaciones para conseguirse el dinero muy fácil.

«Yo vivía en una zona de guerra porque esos eran lugares controlados por la 18. Vos mirabas muertes a cada rato, jóvenes tirados en las esquinas. En esos lugares mandaban ellos (pandilleros), no la policía», aseguró.

Pero «mis padres fueron fundamentales. Dios me prestó a buenos padres. Ellos me manejaban ‘a mecate corto’, si miraban que uno medio se quería desviar pues te quebraban un palo de escoba en la espalda, pero eso se los agradezco con todo el corazón», remarcó.

«Siempre hay quien te invita, que te dice cómo hacer dinero fácil, poder intimidar a las demás personas y tener poder sobre ellos. Siempre hay gente así. Lo que pasa es que yo fui temeroso en esa parte. Yo miraba siempre corretear cuando la policía llegaba, entonces yo decía: ‘de qué me sirve tener dinero y respeto o intimidar a la gente y después andar corriendo cuando vea a un policía’. Si me tentaron, pero no me pareció», rememoró.

Agradecimiento al fútbol 

Los deportes dejan de ser tal cosa cuando se convierten en una opción de salida. Ya sea el fútbol o cualquier otra actividad deportiva, puede cambiarle la vida a todo aquel que se atreva a someterse a las exigencias y a la disciplina que estos requieren.

Gerson Argueta es una prueba de ello. No logró seguir estudiando, pero sus padres le inculcaron grandes valores. Tuvo múltiples opciones de convertirse en pandillero y no lo hizo.

«Tengo amigos que debido a la delincuencia y porque escogieron ese mal camino, ya están muertos y otro tanto, pues están presos», mencionó Argueta.

Y aceptó que: «El fútbol me ayudó a no entrar en ese mundo. La pelota era incansable. El fútbol me ayudó a no caer en los malos pasos».

Llegar a primera y ayudarle a sus padres 

Gerson Argueta extendió una frase que a cualquier hijo que recibió el apoyo incondicional de sus padres comprendería. «Nunca voy a poder pagar todo lo que mis padres hicieron por mí».

El portero capitalino recuerda que su padre, quien falleció en 2019 a causa del cáncer, fue un trabajador incansable. «Mi papá era albañil y siempre tuvimos sustento. Gracias a Dios él siempre tuvo trabajo y así llevar el sustento a la casa».

Con ese ejemplo fue que Gerson creció. Con un padre trabajador que siempre salía a la calle buscando regresar con el sustento para sus hijos. Sin embargo, don Óscar apoyó a su hijo sin escatimar esfuerzos. «Él me dijo que me enfocara en el fútbol. Me compró mis tacos y todos mi implementos siempre».

Mientras que la madre, doña Vilma, también estuvo pendiente de las atajadas y ‘voladas’ de su hijo, desde que éste empezó en las canchas de tierra. «Gracias a Dios y gracias a ellos, yo pude cumplir mi sueño de jugar en primera división«.

«Todo tiene un sacrificio y el de ellos es inmenso. Nunca voy a poder pagarles eso. Pero Dios fue bueno y me dio la oportunidad de poder ayudarles desde que estoy en primera».

El bus de El Carrizal 

Gerson vive en Ciudad España, a una hora en bus de Tegucigalpa. Unos 30-45 minutos en vehículo. Es por esto que los entrenamientos, cuando llegó a aquel equipo de Liga Mayor que dirigía el mundialista Juan Cruz Murillo, eran una aventura diaria para el arquero.

«Llegar a primera división no fue fácil. Recuerdo que llegar al entreno era una travesía. Salía a las 2:00 de la tarde y tomaba un bus que me dejaba en El Carrizal. Yo no conocía muy bien, era un niño, y me dejaba lejos. Entonces tenía que caminar más de la cuenta para poder llegar al entreno», contó.

Los entrenamientos de aquel Olimpia de Liga Mayor finalizaban cerca de las 6:00 de la tarde. «Ahora, lo duro era la vuelta. Yo sabía que el último bus salía a las 7:00 de la noche. Y estaban allá por Plaza la Norteña. Entonces, a veces ni me cambiaba la ropa que estaba llena de tierra, solo me ponía los tenis. Salía corriendo y agarrar un bus de El Carrizal».