Opinión de Héctor A. Martínez: La victoria de Nasralla

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TSE
Salvador Nasralla y Mel Zelaya.
Hector A. Martinez, sociólogo.

Por: Héctor A. Martínez (sociólogo). –No cabe la menor duda de que Salvador Nasralla ha ganado las elecciones del 26 de noviembre, en buena lid. Frente al poderío del oficialismo que incluía, no solamente la inversión de recursos provenientes del Estado, sino también, de un monstruoso aparato de propaganda ofrecido por los medios adscritos al poder, la Alianza Opositora demostró que su cálculo era el correcto al haber apostado por el showman de la televisión que, aparte de las burlas machistas de las que ha sido objeto durante décadas debido a  su refinamiento personal, no se le conocen trazas demagógicas ni manchas políticas, como a la mayoría de sus oponentes del PN.

Que lleva alegría cada domingo a través de su programa deportivo, es un punto que no debemos desdeñar porque, aunque a ciertos intelectuales les incomode el tema del futbol, el entretenimiento que Nasralla ofrece semanalmente, es un escape a los avatares del día a día, sobre todo en sociedades como las nuestras donde el miedo y la angustia se convierten en rutina de nuestra existencia. Ya saben todo lo que se dice: que el futbol es pasión y, por tanto, pasión del hondureño.

El futbol es cultura también; la plaza deportiva, sea la calle  o el estadio, sirven para canalizar sentimientos de toda suerte: emotividad, arrebatos, y cuestionamientos a la moral social, desde luego.

Al igual que el futbol, la política es espectáculo también, pero existe una gran diferencia de orden moral que media entre ambos: la gente le apuesta a la alegría que ofrece la espontaneidad competitiva de cada jornada; apela a la pureza de la naturaleza del enfrentamiento entre contendores; a la aceptación de la derrota –salvo que el árbitro se parcialice por uno u otro-, y a la inmediatez del resultado que resulta  visible a la vista de todos, sin trampas ni subterfugios politiqueros. Si nos dan a elegir entre ambos espectáculos, nos quedamos con el futbol, aunque un deporte no decida la suerte de los pueblos. De ahí la silbatina y los gritos de desprecio que la afición profirió contra la reelección de Juan Orlando Hernández en los partidos eliminatorios para Rusia 2018.

Nasralla es un tipo limpio y moralmente incuestionable, si podemos llamarle así. No está curtido en la profesión política; llega al coliseo eleccionario, lee las reglas del juego, y  hace suyo el procedimiento para ver si la avenida hacia el poder es tan sucia como la pintan. No sólo encontró suciedad, sino también, maldad, trancas y garras mostradas criminalmente. Sin haber leído –suposición mía-, a Carl Schmitt y la teoría del enemigo político, Nasralla comienza a dar la batalla, y rápidamente se convierte en el blanco de la desinformación de los medios coligados al movimiento reeleccionista, en la obstinación calculada de grupos de derecha,  y en la vesania del oficialismo partidista.

¿Por gratuidad? no: por tomar las cosas en serio; por trazar caminos estratégicos, y por estar acostumbrado a la eficiencia y a la eficacia en el alcance de los objetivos empresariales. Digamos que Nasralla diseña con seriedad los indicadores de gestión de su campaña; es un hombre que detesta lo común y vulgar de la politiquería barata de Honduras; maldice el rudimento de la gritería ordinaria de la tarima del pueblo; aborrece las baratijas obsequiadas a los más necesitados y desprecia la farsa y el cinismo que ofrece la propaganda mediática.

A lo mejor, por su ascendencia árabe, habrá de albergar en su espíritu una fuerza que le impulsa a ser figura de éxito en los negocios que emprende; ahí donde se requiere disciplina y estoicismo para llegar a la cumbre deseada. Y para alcanzar la silla presidencial había que trazar indicadores claves de éxito. Quien suponía que Mel Zelaya utilizaba a Nasralla se equivocó con creces. Esto no requiere más explicaciones.

En la derecha oligárquica, quienes supusieron que la propaganda de los medios haría la mejor parte, también despreciaron el arraigo de Nasralla entre la población, el cansancio popular y, sobre todo, desestimaron la mejor estrategia con la que cuenta la oposición, sin necesidad de volcarse a las calles: las redes sociales en manos de la juventud. En suma, la imagen moral de Nasralla se impuso a las habilidades torcidas del bipartidismo, a saber: la estafa, la defraudación y la ratería, sambenitos eternos que ostenta en el pecho la clase política hondureña.