El regreso de Biehl

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Tras un largo paréntesis, se ha anunciado el regreso a Tegucigalpa del “facilitador” de la OEA, embajador John Biehl, para proseguir su tarea de armar una mesa de “diálogo” nacional que daría flotación al fraguado por el ciudadano presidente, Juan Orlando Hernández, para contrarrestar la Indignación de la sociedad hondureña contra el régimen de corrupción e impunidad.

Como es del conocimiento general, la OEA, a petición del gobierno de Honduras, accedió a dar este servicio de facilitación –que no de mediación, como se quiere dar a entender aquí–, aparentemente en forma precipitada, talvez ingenua. La misma solicitud fue tomada con pinzas por la ONU, contrayéndola a un vago apoyo en el diseño de la metodología para el desarrollo del proceso.

Con el conocimiento y la experiencia del “facilitador” Biehl en estos menesteres, es de suponer que, en la primera ronda exploratoria sobre el terreno, tomó nota de la enorme dificultad de legitimar el “diálogo” montado oficialmente con artilugios de representación, peor aún en una situación de crisis de representatividad.

No sabemos cuál habrá sido el resultado del análisis —y conclusiones— de la información, los criterios, las ideas y la observación recogida durante la primera visita. Es presumible, sin embargo, la convicción de que, en cualquier caso, hay condicionamientos que determinan la irreductibilidad del conflicto, principalmente en lo que corresponde a la exigencia de una Comisión Internacional Contra la Corrupción (CICI), a cargo de Naciones Unidas, la anulación del proyecto de reelección presidencial y la reforma electoral democrática, equitativa, fiscalizada e incluyente.

La plataforma de la Oposición Indignada, conviene decirlo, tiene las mejores posibilidades de diálogo nacional abierto y plural, pues engloba, en sí, todas las aspiraciones, demandas y singularidades de la sociedad hondureña. Es, de hecho, una plataforma incompatible con la determinación —a como haya lugar— del Partido Nacional, constituido en “partido de gobierno”, es decir, en régimen totalitario, militar-policial-paramilitar, definitivamente fascista.

Las razones de esa ciega determinación, básicamente personalista, están indisolublemente concernidas en la corrupción pública y privada, en las religaciones con la delincuencia organizada y con los miedos a la llanura política.  De allí la obstinación en la reelección presidencial, en la rotunda negación a permitir la CICIH y en no soltar el control omnímodo del Poder Judicial.

No hay duda de que la facilitación de la OEA está, por así decirlo, en el campo de Agramante. La confusión y falta de entendimiento arreciará con la tramoya para la elección de la Corte Suprema de Justicia, que, como ya lo estamos viendo, sigue el curso del proyecto continuista. Así las cosas…