Centros de masajes en San Pedro Sula: relatos de un ex cliente 2/4

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centos de masajes
Confesiones de un ex cliente de los centros de masajes.

San Pedro Sula, Honduras. Entre las primeras enseñanzas en mi peregrinaje por los centros de masajes en San Pedro Sula están las divas. En los mejores siempre hubo una. Podía haber una diva menor, dos divas menores con suerte, pero en definitiva solo una chica podía ostentar el título por sobre las demás.

El choque con los valores tradicionales

Mi primera vez fue con Nicol, pero durante ese tiempo me pasó algo curioso. Yo no podía terminar. En otras palabras, no podía llegar al orgasmo. Después de las primeras experiencias me di cuenta que mi eyaculación estaba bloqueada.

Toda mi educación en valores cristianos, las charlas en el colegio sobre sexualidad y enfermedades venéreas impartidas desde el miedo y los prejuicios, la idea de que las relaciones sexuales debían tenerse cuando existía una conexión emocional con alguien (matrimonio), contribuyeron a dicho bloqueo.

Por otra parte le tenía poca confianza a los preservativos. En Honduras nos predican que el método más seguro es la abstinencia. Considerando que este método de prevención de enfermedades significa no tener relaciones sexuales, el mismo no es realista y bien podría colocarse en un altar junto a María siempre virgen.

Los miedos y la culpa

En mi ignorancia percibía al condón como una especie de ruleta rusa. Veía a Jesús y a Satanás jugando a pinchar el látex para infectarme algún virus mientras intentaba disfrutar del sexo. Recordaba la historia de Job y las apuestas. Tiempo después, cuando servía de consejero en un colegio privado, descubrí que muchos jóvenes sienten el mismo estrés en sus primeras experiencias sexuales. También descubrí que el tema de la culpa es muy común. Esto debido a la noción de castigo divino presente en las religiones cristianas.

A los tres meses de mi primera relación con Nicol me hice la prueba del VIH. Me la realizaron gratis en un lugar llamado El Buen Samaritano ubicado en el centro de San Pedro Sula. Antes de darme el resultado me sometieron a una serie de charlas más evangelizadoras que informativas.

Cuando salí con mi resultado negativo me temblaban las piernas. Me obsequiaron una Biblia, caminaba con ella bajo el brazo y me sentía como el sobreviviente de una masacre, como si me hubiera librado de la peste negra o del ébola. Les prometí que a los tres meses me haría de nuevo la prueba, pero me prometí que sería en un laboratorio privado. No estaba dispuesto a volver a pasar por semejante estrés, costara lo que me costara.

La Venus de las rebajas de don Juan

Como les decía, en los mejores centros de masajes siempre había una diva y esto lo fueron aprendiendo con el tiempo. Aprendieron que era necesario reclutar a una chica que fuera la más bonita, la más sexy y por consecuencia, la más cara de todas. Lo anterior atraía a los clientes y creaba «fidelidades» con la casa.

Al hotel Saint Yorch llegó una muchacha llamada Estefany, como era la nueva decidí atenderme con ella. No era muy conversadora y le atribuí la timidez a su condición de recién llegada. La vibra no era la adecuada, todo parecía ir mal. Sin embargo, al cabo de casi media hora de verdadero masaje le pregunté si podíamos hacer algo más. Me dijo:

– Pensé que no quería.

Seguidamente negociamos el precio y ella, una muchacha alta de piernas largas y piel canela, de cabello liso y castaño, que vestía un jean no muy ceñido y una blusa con la que podía confundirse por las calles como la prometida de cualquiera, iba a revelarme algo que contribuiría a mi sabiduría sexual.

El cuerpo de una mujer vestida es potencialmente bello, pero el cuerpo de una mujer desnuda puede revelar atributos insospechados.

El refranero popular lo dice: «El cuerpo de la mujer es engañoso.»

Estefany comenzó a desnudarse. No, no tenía buenas caderas, tenía unas caderas arrolladoras, como las que imaginamos en las amazonas. Su cuerpo poseía un bronceado natural que le daba justamente un aire de brasileña. Su voluptuoso trasero era el más perfecto que había yo visto nunca. Sus pechos eran pequeños pero parecían esculpidos por alguno de esos lujuriosos griegos antiguos.

El descubrimiento de lo sensual

Mi mirada subió desde la punta de sus pies hasta sus ojos café claro y en ellos descubrí algo que me parecía imposible. Los ojos de Estefany gritaban carnaval, vida, brillaban de deseo y tenían algo completamente indescriptible. No, no estaba preparado para ella. No, no estaba listo para descubrir esa deliciosa expresividad en los ojos de una joven prostituta de la ciudad más violenta del mundo. Hasta el momento todas habían sido cuerpos en los que copulé mecánicamente sin siquiera llegar al clímax. Fueron una búsqueda del tiempo perdido en mi adolescencia, mi manera de vengarme del rechazo y el desamor.