Madre buscó durante ocho años a su hijo desaparecido y se lo envían en un ataúd

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buscó durante ocho años a su hijo
Foto en vida de Wilmer Gerardo Núñez Posadas.

Migrar significa, en todo el planeta, correr riesgos. Cruzar México implica, además, recorrer territorios controlados por los cárteles donde el crimen organizado opera muchas veces casi con total impunidad. Pero Haydee Posadas, madre hondureña de 73 años de edad, tuvo que esperar ocho años hasta reencontrarse con su hijo, aunque no de la forma que ella hubiese querido.

Wilmer Gerardo Núñez Posadas, de 35 años de edad, el mayor de 10 hermanos que vivían en la colonia Planeta, salió por de Honduras rumbo a Estados Unidos en el 2010, en parte, según su madre, por las amenazas de las pandillas; pero desapareció en México en medio de la violencia desbocada del crimen organizado, no tan distinta de aquella que buscaba dejar atrás.

La historia de Núñezes similar a la de muchas otras víctimas de la migración a su paso por México.

Cabe señalar que en los últimos cuatro años, casi 4.000 migrantes han desaparecido o muerto en su ruta hacia Estados Unidos, según una investigación de The Associated Press.

Esos casi 4.000 latinoamericanos forman parte de los 56.800 migrantes desaparecidos o muertos en todo el mundo en el mismo período.

Wilmer Nuñez, deportado en tres ocasiones

Cabe destacar que en el 2010, Nuñez salió por última rumbo a Estados Unidos, puesto que no era la primera que se dirigía hacia allá. Su primer viaje lo hizo en los años 90, con 16 años, cuando su madre perdió el trabajo en una maquila. “No me dijo nada, un día simplemente se fue. Estaba lejos pero me acostumbre a tenerlo cerca, casi todos los días me llamaba”, recordó su madre.

Hombre atlético que siempre lucía un cuidado bigote y barba de perilla, Wilmerhabía sido deportado dos veces, pero siempre regresaba a Estados Unidos porque allí había hecho su vida.

En el año 2007 se enamoró de una mexicana, María Esther Lozano, que ahora tiene 38 años. Tuvieron una niña, su nombre es Dachell. Cuando su esposa estaba a punto de dar a luz de nuevo, en julio del 2010, a Núñez lo deportaron por tercera vez.

Para su madre, las deportaciones eran sinónimo de felicidad porque podía disfrutar de su hijo en casa.

“Viejita ¿Qué hacemos de almuerzo? me decía, porque cocinaba mejor que una mujer”. A Posadas se le iluminó la cara con el recuerdo. “Hacía carne guisada, amasaba harina de tortillas, cocinaba plátano maduro o tajada”, dijo con voz solloza.

Pero Wilmer planeaba regresar pronto a Estados Unidos, puesto que quería conocer a su niña recién nacida. Después de unos días en Planeta, emprendió por cuarta vez un viaje a “el país del norte”.

“Me tengo que ir de aquí ya”

Wilmer habló por teléfono con su esposa antes de partir de nuevo. Junto con su sobrino y dos vecinos, Núñez tomó el autobús de medianoche que cada día lleva a decenas de migrantes hasta la frontera de Guatemala. Entre lo poco que tenía en su bolsa estaban unas baleadas preparadas por su tía.

Siempre cruzaba por Mexicali, la frontera con California, con un coyote de su confianza. En esa ocasión, sin embargo, al llegar a Veracruz  “le corretearon Los Zetas y se lastimó un tobillo”, contó su esposa. Eso lo obligó a cambiar de ruta y seguir rumbo a Texas, un camino más corto, pero también más peligroso.

“Me llamaba todos los días, incluso desde el teléfono del coyote”, dice Lozano. Al guía lo acababa de conocer. Le parecía buena persona, aunque él estaba preocupado porque el grupo era muy grande. Viajaban en dos camiones.

Una semana después de salir de Hondurashabló con su madre por última vez y le pidió que rezara por él. Un día más tarde llamó a Lozano y estuvieron de plática una hora. El catracho estaba de buen humor y estuvieron bromeando sobre lo mucho que se echaban de menos.

Le dijo que estaban en Piedras Negras, Coahuila, al otro lado de Eagle Pass, Texas. “Me advirtió, ‘ya vamos a cruzar no te vayas a dormir’, porque yo tenía que depositar la mitad de dinero (3.000 dólares) y esperar a que su hermana me avisara que había llegado bien para pagar el resto”.

Esa llamada nunca llegó. María Esther Lozano no volvió a contactar con su esposo. Habló al coyote un par de veces, él le dijo que estaban todavía esperando para cruzar. Luego nadie volvió a contestar el teléfono.