‘Botas’, el mono que dejó rastro sobre ‘El Chapo’ Guzmán

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CIUDAD DE MÉXICO, México, -A los pocos meses de ser capturado y recluido en el penal de El Altiplano, Joaquín Guzmán Loera mandó traer a su esposa Emma Coronel Coronel y a sus dos hijas más chicas, unas gemelas, a vivir en una casa próxima a la cárcel, según información de  portal de noticias Televisa.

El capo siempre ha tratado de mantener cercana la relación. Ellas estaban con él el día de su segunda captura en Mazatlán, Sinaloa, y acercarlas de nuevo significaba la posibilidad de que sus reuniones fueran más fáciles y con mayor regularidad.

Las visitas comenzaron. Guzmán Loera y Emma Coronel Coronel tenían encuentros, según declaraciones de otros reclusos, incluso en la celda, pero las más importantes, en las que la autoridad concluye que «El Chapo» planeó su escape, sucedían con sus abogados, especialmente con Óscar Manuel Gómez, detenido y presentado ayer. Tenía en su poder ocho teléfonos. Este abogado es señalado por la autoridad como el principal responsable de orquestar la fuga, presuntamente coordinó a todos los involucrados en el túnel, supervisó su construcción e incluso recibió al capo a su salida.

Tras la fuga, la autoridad comenzó a darle seguimiento y luego al resto del círculo de confianza. El análisis arrojó que hablaban de la Trilladora. En un inicio, los investigadores creyeron que se referían a maquinaria utilizada para el escape, pero luego descubrieron que se trataba de una persona: Manuel Rodolfo Trillo Hernández, el alias derivó del apellido. Trillo Hernández es un empresario poblano crecido repentinamente y está acusado de financiar la fuga. Es dueño de restaurantes, casas de cambio, se le vincula con la cadena The Italian Coffe Company y según la investigación también fue piloto de Guzmán Loera años atrás. Tenía una aeropista en Atlixco, Puebla, su estado.

En los últimos meses operó con cuatro identidades y documentos falsos para realizar movimientos bancarios y compra-venta de bienes inmuebles, entre otros.

Esto permitió su identificación, fue arraigado y derivó en otra captura, todavía más importante, que incluso la DEA anhelaba hacer desde hace mucho tiempo, la de Lázaro Araujo Burgos, conocido como «el Señor de los Túneles», la mente maestra dentro de la organización. Todo pasadizo del Cártel de Sinaloa, fuera para traficar droga a Estados Unidos o para escapar de penales mexicanos era diseñado, supervisado e incluso construido por él. También está detenido y fue consignado.

La investigación continuó y reveló que «el Señor de los túneles» hizo contacto con otra persona: Rigoberto Martínez Dávalos. A él le pidió, a nombre de «El Chapo», comprar el terreno donde se levantó la obra negra y donde desembocó el túnel. Rigoberto Martínez Dávalos llegó a una notaría acompañado del dueño del predio, Calixto Estrada Castillo. Quisieron cerrar el trato en efectivo, pero el licenciado a cargo se negó a dar fe si no existía otro método de pago porque ese iba contra la ley. Entonces decidieron hacer la operación económica por debajo del agua para no dejar registro y la disfrazaron casi de donación.

Las autoridades revisaron la historia de Rigoberto Martínez Dávalos, el comprador, y encontraron que había sido compañero de prisión de Guzmán Loera en el penal de Puente Grande por tráfico de drogas y que quedó en libertad gracias a que en ese entonces el líder del Cartel de Sinaloa de prestó a sus abogados para que lo defendieran. 22 años más tarde Martínez Dávalos tuvo que devolver el favor al capo al comprar el predio y hoy está consignado al igual que el dueño, Calixto Estrada Castillo.

Todos estos movimientos al exterior hicieron posible que la noche del 11 de julio el narcotraficante recorriera el túnel de un kilómetro y medio, montado en una moto adaptada a rieles. Salió del agujero y cambió de método de transporte. Lo esperaba un convoy, subió a un vehículo con rumbo a San Juan del Río, en el estado de Querétaro.

En ese punto estaba otro método de transporte, su favorito, el único que funciona para moverse rápido en la complicada sierra del Triángulo Dorado, el bastión. Eran dos avionetas.

En la investigación consta que en ellas dos pilotos llegaron a San Juan del Río un par de días antes del escape, en ese punto contactaron a los dueños de una pista legal, que normalmente funciona para practicar deportes aéreos. Ofrecieron 200 mil dólares por rentar el espacio. Sólo pidieron discreción para su jefe, a quien pintaron como un empresario.