En el mejor de los casos, las iglesias son embajadas representativas de un Reino distinto. Son, o al menos deben ser, comunidades alternativas que luchan para repeler las fuerzas de la anti vida. Que proclaman y encarnan esperanza, paz y orden para la ciudad. Algo que la tradición judía históricamente ha entendido bajo el concepto de “shalom.”

En segundo lugar, nuestras escuelas y centros de aprendizaje también tienen un papel trascendental. El trabajo del educador, de por sí muy noble, significa mucho más que transmitir nombres, fechas, lugares y números. Nuestros niños y jóvenes pasan una cantidad considerable de tiempo en el aula de clases. Por eso, los maestros son artesanos que ayudan a formar las consciencias morales de los educandos. Tal vez esta es la razón por la que el filósofo matemático griego, Pitágoras de Samos, solía decir: “Educad a los niños y no tendréis que castigar a los adultos.”

Y también, cada familia hondureña debe darse cuenta que los hogares, por naturaleza, tienen una identidad bilateral. Por un lado, son una muestra representativa del estado de la nación. Al mismo tiempo que son incubadoras que gestan el futuro de nuestra sociedad.

La violencia, un elefante de gran tamaño

Nuestros hogares revelan el presente al mismo tiempo que moldean el futuro de nuestra Honduras. Mucho podemos señalar a los poderes fácticos por los flagelos continuos que el pueblo recibe. Pero, hay un serio grado de responsabilidad también para los padres que están ahí, pero que en realidad no están ahí. Presentes y simultáneamente ausentes.

Es culpable el hombre cobarde que decide abdicar su papel como líder en la casa y abandona su familia. Al igual que un cargo tiene la madre distraída, más obsesionada por el nuevo filtro para su selfie, que preocupada por ayudarle a su hija con la tarea.

En busca de una solución

Algunos pueden objetar que esto “no es lo suficientemente político” como para generar un cambio sustancial en el núcleo del país. Pero, eso es una muestra que parte del problema radica en nuestro concepto de “activismo político.

“Demasiadas ocasiones pensamos que el involucramiento político se limita a ejercer el voto cada cuatro años (que en muchos casos no es más que un simulacro electoral), a pegar afiches y rótulos en los postes o a protestar a las calles. Pero, esto no es así. Si la política en realidad se define como “el arte y la ciencia de gobernar” entonces, en ese caso, la familia, la iglesia y la escuela son organizaciones que contienen matices de formación política seria. No de politiquería barata expresada en memes y eslogans.

Por eso, uno de los actos políticos más revolucionarios que podemos hacer en contra del status quo es silenciar el smartphone y cenar juntos en la misma mesa. Una de las acciones políticas más desafiantes que podemos llevar a cabo es involucrarnos en la vida de nuestros adolescentes, escuchando lo que sus profesores tienen que decir acerca de su desempeño y actitud en clase y una de las iniciativas políticas más contraculturales que podemos ejecutar es cultivar congregaciones que no ostenten títulos exitosos para impresionar al mundo, sino que sostengan toallas y un lebrillo, dispuestas a lavar los pies del mundo.

Crítica situación en el país

Cualquiera puede percibir esto como una empresa quijotesca, destinada a quedar en el buzón de las frustraciones que implica vivir con el idealismo de querer “cambiar el mundo.”

Pero, no debemos focalizarnos en “cambiar el mundo” (lo que sea que eso signifique). Sino, más bien podemos dedicarnos a trabajar por tener un hogar un poco más funcional. Por levantar comunidades de fe que proclamen y vivan la vía del amor. Y edificar centros de aprendizaje que orienten la brújula moral de nuestros niños y jóvenes. Uno a la vez. Con el pasar del tiempo, tal vez, podremos ver cambios e nuestros barrios, colonias, aldeas y caseríos. Después, en regiones y departamentos enteros. Y puede que sea posible, por qué no, en el país entero.

Aquella vez que me encontré frente a una montaña de arcilla, del tamaño de un elefante, con lo único que me acompañaba siendo una pala vieja y oxidada, me sentí incapaz…y frustrado. De pronto uno de mis amigos me hizo, lo que yo percibí como una de las preguntas más estúpidas y sin sentido en ese momento.

Opinión de Luis Luna

“¿Sabés cómo se come un elefante, Luís?” me preguntó. Yo lo quedé viendo con una mirada perdida, sin saber si usar mi pala para mover el lodo o para golpear su cabeza. “No”, le contesté con uno tono seco, como queriendo decir que se pusiera a trabajar y dejara de boberías. “Pues, un elefante se come un bocado a la vez” aseveró.