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Viernes, 04 de Diciembre de 2009 00:09 |
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| Juan Ramón Martínez |
| Como en la vieja canción mejicana, el macho, primario y elemental, herido en su honor, prefirió la muerte de su amada, antes que fuera de otro. “Mía o de nadie”, decía en una de sus estrofas, el macho irredimible que mataba al amor de su vida en homenaje a sus desbordados egoísmos; y en respuesta a su machismo indoblegable.
Ninguna otra expresión puede ser más aplicable que el anterior, a la conducta del ex presidente Zelaya que prefirió el fracaso de su partido, la derrota de su correligionario, antes que soportar que otra persona, distinta a él, asuma la primera magistratura de la nación. No importó para nada que el Partido Liberal lo haya honrado, más allá de sus discretos méritos y sus limitadas capacidades, con el más alto cargo que un hondureño puede ocupar. No importa que haya tenido la oportunidad de mostrarse generoso, pedagógicamente correcto, entregando el poder a su sucesor. Cayó derrotado por el egoísmo primario, por el desapego elemental de los animales y por la incapacidad de agradecimiento que caracteriza a las almas superiores. Fue más fuerte el rencor que las virtudes humanas.
Cualquiera persona puede entender que los seres humanos, en el fondo incluso de las maldades posibles que algunos llevan hasta la cumbre de la abyección, tienen un espacio de nobleza en la que reconocen las bondades de quienes les han tratado bien, reaccionando en forma consecuente. El perro, incluso, es cariñoso con quien le da un mendrugo de pan, un pedazo de carne y le ofrece cariño llamándolo por su nombre y sobándole con afecto la espalda. Por supuesto, hay animales que por más que se les quiera, se les atienda y se les proporcionen todos los mimos posibles, terminan aruñando y mordiendo al que cree que puede cambiar su naturaleza díscola y desagradecida.
Aparentemente, de estos hombres vengativos y extraños, es la materia de la que está hecha la conducta y ordenado el comportamiento de Manuel Zelaya. No tiene cariño ni afecto alguno por Honduras. Los hondureños le importamos menos que un pito. Y el Partido Liberal, antes que despertarle emociones humanas superiores, que lo encaminen hacia el reconocimiento, más bien busca con rencor, la figura del padre al cual quiere destruir. Así como se propuso desmontar la institucionalidad del país, modificar el sistema económico, cambiar la cultura del hondureña para facilitar la entrega de Honduras a Chávez, en una suerte de efectiva rebelión en contra de todos los que hemos escogido compartir nuestros recuerdos comunes, también creyó que en esta freudiana rebelión en contra del padre – que durante su infancia lo abandonó e incluso lo rechazó, prefiriendo a otro de sus hermanos – representado esta vez, por los grupos de poder de Honduras, por las instituciones constitucionales y por el Partido Liberal.
En la historia política hay muchos ejemplos de desavenencias, peleas y confrontaciones. Pero nunca antes habíamos visto, en ningún líder político, su voluntad y su talento colocados en una acción vengativa en contra de su propio partido político. Policarpo Bonilla dividió al Partido Liberal, se retiró del mismo en algún momento; y pretendió fundar tienda aparte. Pero nunca intentó destruir al Partido Liberal como es el propósito de Zelaya y cuyas acciones las hemos visto cristalizadas en las últimas elecciones en donde, más que derrotado por sus adversarios los nacionalistas, cayó apuñalado por la espalda a manos del rencoroso instrumento de muerte de su ex correligionario el “socialista” chavista Manuel Zelaya Rosales.
Venancio Callejas se rebeló en contra de Carías Andino; pero en ningún momento pretendió destruir al Partido Nacional. El general Abraham Williams Calderón, el único hombre que en toda la historia nacional ha tenido éxito relativo organizando un nuevo partido político, jamás tuvo la idea de destruir al Partido Nacional. Levantó la bandera del Movimiento Nacional Reformista para detener el regreso inconveniente de Carías a la Presidencia de la República; pero nunca buscó la destrucción del Partido Nacional que lo había hecho vicepresidente. Tampoco Rodas Alvarado, que desde el rencor primitivo que lo acercó a la animalidad distante a la que recomendaba Aristóteles, trabajó para que Bueso Arias perdiera las elecciones; pero jamás imaginó siquiera la destrucción del Partido Liberal. Eso quiere su hija.
Zelaya ha trabajado, desde que fuera elegido, en la destrucción del Partido Liberal. Quiere que el partido fundado por Arias y Bonilla, le compense los desafectos y los rechazos de su padre ganadero durante su infancia de abandono en Catacamas. Y ha logrado muy “buenos” resultados. En las últimas elecciones, ha debilitado tanto la candidatura de Elvin Santos que lo ha entregado como víctima propiciatoria, en manos de Pepe Lobo, que ha trapeado a su gusto con él. Y no contento con ello, continúa, al desconocer las elecciones, en la lucha por destruir a Honduras, en la irregular conducta de destruir todo lo que no alcanza. Como el macho de la canción: “Mía o de nadie”, mientras levanta el amenazante revólver con el cual pretende “matarnos” a todos los hondureños.
Desafortunadamente, Zelaya tiene bastantes cómplices en el país. No sólo ex autoridades, sino que además, periodistas rencorosos, gente humilde y buena que no sabe que ahora no es tiempo de la infantil adhesión a los caudillos. Ni es la hora para unirse a los facinerosos como Zelaya, que han hecho de sus vidas, una actividad constante para hacer el mayor mal posible, al mayor número de hondureños. El daño al Partido Liberal es un ejemplo de lo que quiere. Después, viene en contra de todos.
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