Luis Luna, predicador hondureñoLuis Luna, predicador hondureño
Luis Luna, predicador hondureño

SAN PEDRO SULA. Imagina que un día decides enseñarle a tu hijo a cazar, así que empacas tu rifle, sombreros, tienda de campaña y demás, los subes al carro y salen de viaje. Tú y él. Nadie más. Piensas que será un buen tiempo entre padre e hijo para crear vínculos fuertes a través de un fin de semana de cacería. ¡Como no! Como no, de todos modos pocas cosas son tan satisfactorias como padre e hijo construyendo recuerdos juntos.

Sin embargo, después de unas cuantas horas te topas con la realidad que tus instintos de padre son mejores que tus habilidades, o la falta de ellas, como cazador. La aventura, aunque divertida, no trajo ninguna presa. Al no cazar nada, se resignan y duermen un rato. Ya es madrugada.

De pronto, un ruido te despierta. Abres tus ojos. Y te fijas que tu hijo no está al lado tuyo. Salió, tal parece. Nervioso y pensando lo peor, dejas la tienda de campaña para ir a buscarlo. Observas las huellas de sus pisadas alrededor del lugar en donde cenaron. Cuando, de repente, escuchas su voz diciéndote: “Papá…”

El lugar está oscuro. Tú no miras mucho. Por eso, te detienes a identificar bien de donde proviene el sonido de su voz. Justo cuando te das cuenta que está detrás de ti, él te dice: “No voltees a ver, sólo dime si puedo matar esto que encontré.”

Pausa. ¿Cuál sería tu respuesta? ¿Qué le dirías a tu hijo? ¿Le darías permiso de matar eso (lo que sea que eso sea)?

La respuesta es clara: no hay ninguna respuesta. No, al menos hasta que sepas bien a que exactamente se refiere tu hijo cuando te dice: “me encontré esto.” No puedes otorgarle o negarle a tu hijo el permiso de matar “esto” si primero no sabes que diantres es “esto.”

Por ejemplo, si tu hijo tiene enfrente a un pequeño escorpión, que de picar al niño, lo podría enfermar, entonces le dirías: “Sí, claro. Mátalo, antes que te pique a ti.”

Pero, si por el contrario te fijas que tu hijo está apuntándole a otro niño, casi de su misma edad, pero que se encuentra perdido y que no sabe hablar tu idioma, entonces correrías a quitarle el rifle. Porque es la vida de un ser humano la que está en juego.

Y nadie debe, intencionalmente, quitarle la vida a un ser humano.

En esto, ni más ni menos, se centra el debate sobre el tema del aborto. No gira, o no debe girar, al menos, en torno a si las mujeres tienen autonomía sobre su propio cuerpo. La mayoría estamos de acuerdo en que las mujeres deben tener derechos sobre sus propios cuerpos. El asunto está en que primero se debe clarificar si existe otra persona, u otra vida, involucrada en ese proceso de hacer lo que quieran con sus cuerpos.

La controversia tampoco gira entorno a cuál es el camino moral en lo que respecta a embarazos ectópicos. Aunque con justa razón deben ser considerados este tipo de casos especiales.

No, la verdadera pregunta sobre la cual la temática de la despenalización o no del aborto debe girar es esta: ¿Qué exactamente es el feto? ¿Es nada más una amalgama de células? ¿Una bola de tejidos con órganos en formación, sin ningún derecho ni libertad? ¿Es el feto un sub-humano?

¿O acaso el feto es una persona humana? ¿Es un individuo con derechos y libertades, al igual que los de la mamá? Más importante aún, ¿es el feto una persona poseedora de un alma?

Si tu respuesta es la primera: el feto no es una persona. Entonces, cabe hacerse la pregunta: ¿por qué el feto no es una persona? Y de paso, ¿qué exactamente, entonces, es lo que constituye a una persona?

Algunos responderán diciendo que alguien es “una persona” por su facultad de razonar. Es decir, para ser denominado “persona” entonces se debe tener un funcionamiento neurológico apropiado. Como el feto no puede razonar, por lo tanto, el feto no es una persona.

Entiendo, pero ¿qué hay entonces de aquellos individuos con problemas mentales tan severos que no tienen un funcionamiento neurológico apropiado? ¿Qué hay del niño con un cromosoma menos cuyos procesos cognitivos son afectados a tal punto que no tienen “una capacidad de raciocinio” como la de la persona promedio? ¿Merecen ellos la misma suerte que un feto abortado, entonces?