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OPÁN. Todos lo conocen, su cara, su gesto, ha acompañado a muchos en la alegría de un nacimiento, en el suspenso de un quirófano, en el dolor del final de una vida.

Su gesto es más que elocuente, da una orden suave, nada autoritaria, que pide crear en las salas de espera un ambiente sereno: apenas un murmullo, a pesar de la ansiedad, de la euforia, de la desesperación, de las protestas y los sucesos límite que convocan a la voz humana en toda su escala sonora.

¿QUIÉN ES?

José Wilmer Lemus Soriano, de 40 años de edad, originario de Dolores, Copán y residente en el municipio de La Unión, siempre en el occidente de Honduras.

“Vengo de una familia extremadamente humilde, mi padre Juan Lemus (45) murió de forma natural cuando apenas yo era un pequeño y mi madre María Soriano (80) quedó con siete hijos, los cuales tuvo que sacar adelante trabajando como hacedora de puros”, empezó diciendo Lemus Soriano en entrevista a Diario TIEMPO.

“Yo quería estudiar y recuerdo que al terminar mi escuela, seguí en un colegio de la zona, viajaba de Dolores a Dulce Nombre, pero con el pasar de los meses ya el dinero no me alcanzaba y tuve que salirme, por lo que emigré a Santa Rosa de Copán, lugar donde trabajé en un beneficio de café como cargador, pero mi jefe en ese entonces al mirar que yo casi no tenía fuerzas como para cargar un saco, me dio un trabajo menos pesado, pero mis compañeros de labores se molestaron porque dijeron que no era justo cuando todos ganábamos el mismo sueldo (150 lempiras), hasta que al final todo acabó de manera negativa, puesto que el estar viviendo también dentro de una bodega durante tres meses, no fue nada agradable”, agregó el enfermero.

El espíritu de servicio de Wilmer Lemus en La Unión, Copán
El espíritu de servicio de Wilmer Lemus en La Unión, Copán

Lemus recuerda que tras su odisea en la ciudad colonial, pidió traslado nuevamente para Dulce Nombre y siguió estudiando, su único uniforme fue uno que le regaló su cuñado y cuando llegó al centro de estudios no fue bien recibido por los demás menores, “me miraban de menos, llevaba sólo frijoles y cuajada, dejaba la comida debajo de un árbol y una vez al salir del aula de clases, hallé mi comidita tirada en el suelo, me tocó que lavarla porque no tenía más que comer, en otras ocasiones, cuando miraba comer a mis compañeros, me hacía que me iba para el baño para que no se dieran cuenta que yo no tenía, pues sólo guardaba un botella de agua para sustentar”, mencionó con quebranto Wilmer Lemus.

 La vida de Lemus empeoró puesto que sus hermanos no podían ayudarle porque cada uno tenía ya su hogar que mantener y la carrera de magisterio que él tanto deseaba en aquel entonces era muy costosa, por lo que se trasladó a San Pedro Sula, donde una anciana de nombre Mélida, quien le dio posada cuando apenas tenía 17 años de edad, “fue exactamente en la rivera de Río Chamelecón, me dio la dirección, me dijo que contara mil pasos y que preguntara por ella, pero ya estando en el lugar me costó ubicarla y ya casi se acercaba la noche, por lo que estuve a punto de dormir debajo de un puente”, puntualizó.

Wilmer estuvo durmiendo en un cuarto de cuatro metros y cuando comenzó a trabajar en la zona norte, una máquina le cortó parte de su dedo índice, fue intervenido, pero sólo esperaron que saliera de sus dos meses de incapacidad para despedirlo. “En ese entonces me había matriculado en el Instituto 15 de Septiembre de Chamelecón para estudiar comercio y no podía parar, por lo que busqué otra opción y hallé trabajo de barrendero en una maquila, luego de los meses de prueba pase a ser ayudante en bodega”, recuerda con nostalgia.

Lemus forma parte de la supervisión en Salud a nivel de municipio
Lemus forma parte de la supervisión en Salud a nivel de municipio

“Al final de año le dije a mi mamá que estudiaría enfermería auxiliar, regresé a casa para hacer el servicio social, lugar donde tuve que irme con 200 lempiras que guardaba en la bolsa, otros 200 que me dio un hermano y 100 que me regaló un amigo, ajusté 500 para pasar las penas. Recuerdo que en un jueves llegaron al centro de salud unos señores, quienes al final me convencieron para que me fuera con ellos a su residencia porque no habían doctores y pensé era una mejor oportunidad de salir adelante, en ese año que estuve con ellos hasta los zapatos se me dañaron y por mucho tiempo tuve que andar descalzo, fue muy triste”, enfatizó Lemus a Diario TIEMPO.