“Con humildad y sin condiciones —declaró ante la asamblea nacionalista Álvarez, presidente saliente del CCPN— me sumo como un obrero más para trabajar por el triunfo del Partido Nacional”. Con ese acto también sucumbió su intento de ser reelecto en el cargo de partido.
Por su parte, el omnipotente presidente del CCPN, Juan Orlando Hernández, declaró estar “listo para gobernar Honduras”, con aires revolucionarios para hacer “un país más equitativo y más justo, con una revolución educativa y con la paz y tranquilidad a la que nuestros hijos tienen derecho”.
Recalcó Juan Orlando su decisión de que su partido reine los próximos 50 años, a la vez que lo excluyó —y se excluyó a sí mismo— de su participación en el golpe de Estado 28-J de 2009, que calificó de “tragedia”, no obstante su colusión como diputado y dirigente político en aquel atentado al orden constitucional.
“Los liberales y los de Libre provocaron en 2009 la peor crisis en la historia política de Honduras… Pero esos que generaron la crisis y la división no volverán a Casa Presidencial”. Para una gran mayoría de la ciudadanía hondureña, esa declaración, tomada en su sentido amplio, absoluto, podría ser palabra profética.
De hecho, el Partido Nacional, no obstante las apariencias de unidad y de monolitismo sectario, tiene mucho camino por recorrer para concretar esa supremacía orgánica, puesto que persisten en su interior las cuestiones básicas de la controversia ideológica que trascienden el marco de los acomodos personalistas.
En este sentido, la crisis política continúa vigente en la médula del bipartidismo, como también puede observarse en el Partido Liberal (PL), aunque en este caso de manera más evidente y profunda.
